viernes, 20 de enero de 2012

El ataque de las mamarrachas

Siempre me he vanagloriado de tener un rico lenguaje. Gongorino casi. Todos lo que tenéis la gran suerte, o la terrible desgracia, de conocerme sabéis que me encanta incorporar palabras a mi acervo. Con afán arqueológico, gusto de recuperar palabras en desuso, pobres reliquias lingüísticas en las que ya nadie repara. Sí, yo he dado de nuevo esplendor a la acción de descomer, he resucitado todo lo estomagante y he coronado esta ciudad en la que vivo con su apelativo de Villa y Corte. Aunque no sólo, en mi atracción por lo vintage o viejuno, he vuelto a traer nuevos términos, también me he encaprichado con algunos. Mi última fijación es, lo confieso, el adjetivo mamarracha.

Efectivamente, mamarracha es una palabra gloriosa. Sonora y contundente. A la vez, en su potencia vibrante, expresa perfectamente lo deleznable de las personas que merecen tal apelativo. Esto es, modernas sin oficio ni beneficio. Sodomitas frívolos que viven del cuento y se dedican únicamente a cultivar el cuerpo, lucir la última creación de Marc Jacobs o a mostrar al mundo su nuevo peinado, el cual, irremediablemente, esconde un gran vacío. Vamos, algo verdaderamente aterrador y que, sin embargo, se extiende como una plaga de langostas por nuestra decimonónica Corte.

Ante esa fuerza aplastante de pelos encerados, polvos de maquillaje, mini-shorts, maxi-botas, mallas y demás zarandajas ochenteras, qué ha de hacer una persona sensata, huir del reino, meterse en un convento, acabar con su nada cool existencia... Todo antes de ir por ahí y que digan al pasar, "ésa es una moderna". No. Yo prefiero que pasen y digan, "ahí va la antigua ésa, es el barroco redivivo".

viernes, 16 de diciembre de 2011

Hartazgo

Una palabra define mi día, hartazgo. Harto de los despertadores, del trabajo, de los horarios, de las quejas, de las reclamaciones, de las protestas, de las sugerencias, de la gente en general, de la clientela en particular, de las pijas, de los pijos, de los barriobajeros, de los incultos, de los imbéciles, de los que resucitan y de los que mueren. Paciencia. De la ciudad, de la navidad, de las fiestas, de las luces, del tráfico, de los paraguas, de la lluvia, del barro, de los golpes, de los adolescentes que tocan a mi timbre, del ascensor, de la bicicleta, del ordenador, de la lavadora. Respiro. Harto del dolor de cabeza, del dolor de garganta, del dolor de pies, de los bollos que le salen a los jerseys, de los zapatos que se estropean, de las zapatillas que sé que no me voy a comprar, de los regalos que no me haré. Tranquilo. Harto de las fregonas, los estropajos, la lejía, de la lista de cosas sin hacer, de la lista del supermercado, de la colada, de mi menú semanal, de las compañeras que se pasan una hora en la ducha y malgastan el gas. Calma. Harto del gas, de la factura de la luz, de la factura del teléfono, de la renta que hay que pagar, de lo que queda de mi sueldo a final de mes. Es así. Harto de los compromisos, del ocio que se convierte en negocio, las citas, la vida en sociedad, la sociedad, el mundo en general. Tiempo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Una ópera en calzoncillos


La representación de Lady Macbeth de Mtsensk el 28 de enero de 1936 marca un hito en la historia de la censura. Dimitri Shostakóvich, su compositor, tuvo que soportar la condena de esta obra al ostracismo simplemente porque al camarada Stalin no le complació la música. ¿Por qué? La obra se aleja de la estética realista imperante y abraza una crudeza, totalmente alejada de la épica comunista. En fin, una historia brutal que sucumbió a la brutalidad del poder. Una historia a la que podemos asistir estos días en el Teatro Real.

Lady Macbeth cuenta las tribulaciones de Katerina Ismailova, una mujer encerrada en un matrimonio insatisfactorio y condenada a una vida de tedioso aislamiento. Para poder salir de esta situación, Katerina se ve abocada al crimen. Comete verdaderas atrocidades solo para sentirse viva, mata para poder vivir. Todo ello ante un coro de personajes viles, únicamente interesados en satisfacer sus propios apetitos. Un retrato de la brutalidad humana.

La música de Shostakóvich en todo momento subraya esa brutalidad, haciendo especial hincapié en las escenas de violencia y sexo. Tanto es así que algún crítico llegó a dedicar a la obra el apelativo de "pornofonía". La orquesta del Real, magistralmente dirigida por Harmut Haenchen, consigue sacar lo mejor de la partitura. Hay momentos en los que la potencia de los metales hace que, literalmente, el espectador se quede aplastado en la butaca. A ello hay que sumar las buenas voces de los personajes y el excelente coro.

No se puede decir lo mismo de lo que ocurre en la escena. Si bien, hay algunos aciertos. La caja de cristal donde ocurre gran parte de la acción refleja el ambiente cerrado al que se ve sometida Katerina. La oscuridad predominante también contribuye a evocarlo. Lo que sí raya en lo patético es la dimensión "actoral". Las escenas de sexo y violencia son lamentables. ¿Qué tiene de morboso ver a dos señores gorditos revolcarse en paños menores? ¿Qué tienen de impactante unos golpes y unos azotes fingidos? Para mostrar ese burdo simulacro, pudieron haber optado por ocultar.

Con todo, este montaje del Real nos permite conocer una de las grandes óperas del siglo XX. Una ópera, como decimos, brutal con guiños al cabaret, al jazz, al music hall y al circo. Un estupendo pastiche y, a la vez, una denuncia a la opresión como motor de los peores crímenes. Crímenes que, como en el caso de Katerina, nunca quedan sin castigo.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Contra la ambición


La mitología esta llena de personajes que, presa de su desmedida ambición, acaban sufriendo la peor de las caídas. Ícaro, por querer alcanzar el sol, murió ahogado en el fondo del océano. Faetón, por querer dirigir el brillante carro de Febo, pereció despeñado. Prometeo, por desafiar a los dioses, acaba encadenado y sometido a un eterno martirio. Querer alcanzar lo inalcanzable y ser castigado. Muy edificante.

Yo, como los mitos clásicos, también me veo sacudido de vez en cuando por la ambición. Quiero tenerlo todo. Un buen trabajo, una buena casa y mil cosas hermosas. A veces pienso que, a fin de conseguir eso, estoy dispuesto a hacer lo que sea. Materialista me llaman, yo me río. Sin embargo, a veces me pregunto de qué sirve el dinero si no tienes con quien gastarlo, de qué sirve un precioso piso si nadie te visita, de qué sirve tener cosas hermosas si no tienes con quién compartirlas. Y entonces me doy cuenta de que mi ambición es algo egoísta e inútil. Los ambiciosos, en su afán de resaltar su propia individualidad, acaban solos.

No obstante, lo anterior no quita que uno no deba luchar por lo que quiere, aunque siempre con mesura. Aurea mediocritas. Hay que considerar si lo que uno quiere compensa a aquello que pierde para conseguirlo. Da miedo apostar cuando sabes que tienes que perder. Da miedo subir mucho, sabiendo que desde muy arriba puedes caer.

martes, 25 de octubre de 2011

Estas afiladas saetas...

Es curioso recordar a las personas que han pasado. Descubres pensamientos paralelos, sentimientos encontrados y muchas congojas. Es extraño ver cómo esas personas vuelven y, por desgracia, se convierten en espinas.



Benedetto Ferrari, "Queste pungenti spine, Cantata sprituale".
Philippe Jaroussky
La Arpeggiata
Christina Pluhar


Queste pungenti spine
che ne boschi d'abisso
nodrite ed allevate affliggono,
traffiggono o crudeltade,
il mio Signor e Dio
Son saette divine
che col foco del cielo
addolcite e temprate alletano,
dilettano,
o gran pietade il cor divino e pio
E tu anima mia
non sai che sia dolore
ancor non senti amore?
Stolta che fai? che pensi?
Il tuo Giesu tradito Il tuo Giesu piagato Si lacera,
si macera Ohimè che stato,
Solo per darti vita,
E tu ingrata I sensi ogn'hor Più cruda induri
Sei di cor si spietato
Si rigido,
si frigido,
O stelle,
o fato
Che non procuri aita?
Ben veggio, anima mia
Non sai che sia dolore,
Ancor non senti amore.

miércoles, 19 de octubre de 2011

La crueldad de los aniversarios


Siempre que escucho el Trío para piano de Claude Debussy me acuerdo de ti. Tú me lo mostraste un día en casa. ¿Lo recuerdas? Nos pasábamos un buen rato escuchando música antes de ir a dormir. Al principio, la pieza no me gustó mucho. Conviene escucharla solo, es íntima, muy ligera y, sobre todo, delicada. Es la composición de un adolescente que despierta a la vida. ¿Sabías que Debussy la compuso con dieciocho años?

La ilusión y brillantez del primer movimiento me hace recordar la noche en que nos conocimos. Hoy se cumple un año. Allí estabas tú con un trench beige, esperándome a la entrada del Retiro. Me pareciste encantador. Luego empezaste a hablar y lo confirmaste. Encantador. Fue una conversación larga y deliciosa. Incluso que me robasen la bicicleta esa misma noche no disminuyó mi gozo. Había encontrado a mi ideal. Un muchacho culto, elegante, educado... Había conocido a un artista.

Sin embargo pasó el tiempo y llegó el desengaño. El chico encantador resultó ser una culebra. Yo estaba enamorado de ti y tú lo sabías. Me hacías ilusiones, luego te apartabas y vuelta a empezar. Tu me torturabas y yo me dejaba torturar. Cada día me hacías sentir más pequeñito, más mediocre, más triste. Cuantísimo daño me hice por tu culpa.

Ha pasado un año y todavía sigo pensando en ti. Siempre tan juicioso, me lo advertiste la mañana en la que te dije que no quería verte más. Te quise mucho, pero ya no te quiero. Simplemente, al pensar en ti, siento pena. Si no hubieses sido tan frío y cruel, habríamos sido muy felices. En fin, el tiempo ha pasado y todo lo que no me dabas tú lo he encontrado en otra parte. Él no toca a Bach, pero tiene más corazón. Eso que tú nunca utilizaste conmigo.


viernes, 7 de octubre de 2011

Dos años en la Corte


Hoy se cumple el segundo aniversario de mi traslado a la Corte. Bien recuerdo el día de mi llegada. Yo era un cateto, provinciano y apocado ex-gordo que llegaba a una ciudad grande donde no conocía absolutamente a nadie. ¿Qué podía hacer? Los primeros días me limitaba a caminar y caminar. El Barrio de Salamanca, la Latina, Austrias, la Gran Vía. Tenía que hacerme a mi nueva ciudad.

Sin embargo, pronto empecé a a salir de mi limitado cascarón mental. La curiosidad, instigada por cierto Pigmalión, comenzó a picarme cada vez más. Así descubrí que la respetable Villa y Corte es una degenerada Babilonia. Conocí el moderneo, el petardeo y, sobre todo, el mariconeo, tan ausente en provincias. Sí. Estuve en toda clase de antros, aunque también supe lo que es tener cerca cultura de verdad. Disfruté en los teatros, me emocioné con los conciertos, me conmoví en la ópera y exulté con toda clase de exposiciones temporales.

Con todo, me volví menos tímido, menos cateto, algo más cosmopolita. La Corte cambió mi forma de vestir, mi forma de pensar, mi forma de actuar... Sí, hijos sí. Creo que soy completamente diferente con respecto a dos años ha. Y más feliz. Aquí me siento libre, sin constricciones. Sin preocuparse por qué pensará la gente. Ay, no sé a dónde llegaré, lo que sé es que, por el momento, no me quiero mover de aquí. ¿Habré llegado a Ítaca?

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El triunfo de lo inconsciente


En El yo y el ello (1923) Sigmund Freud, padre de la teoría psicoanalítica, describe lo que él llamó modelo estructural del aparato psíquico. En este se distinguen el yo, lo consciente; el superyó, el juicio moral, y el ello, lo inconsciente. Cómo no, el más interesante es el ello. Oscuro, sórdido, poseído por toda clase de deseos inconfesables, sacudido por los más terribles traumas y complejos.

Últimamente, yo, que solía ser tan kantiano, tan amigo de la recta razón, he descubierto mi psique retorcida. Sí. El ello juega una parte muy importante en mi tranquila existencia. Así puedo descubrir que, debajo de lo que pienso de una persona, puede existir una pulsión totalmente contraria. A pesar de mi aire de tranquilo, estoy sujeto a toda clase de dicotomías, placer y dolor, amor y odio, atracción e indiferencia. Todo tan deliciosamente barroco.

Y así me veo ahora, sujeto a una deliciosa tensión mental. Tensión entre lo que creía que pensaba y lo que realmente sentía, tensión entre lo que no sabía y acabo de descubrir, tensión entre lo que creía indiferente y ahora, tras un momento de epifanía, encuentro delicioso. Definitivamente, he perdido el juicio. Desconcertado, contento, asustado, barroco. En fin, en mi cabeza, el señor Freud se ha cargado al señor Kant. ¿En qué acabará esto? Mejor no pensarlo...



Nicola Porpora, "Son qual nave ch'agitata", Artaserse, 1730
Simone Kermes
Venice Baroque Orchestra

domingo, 11 de septiembre de 2011

Tom Ford en la Bauhaus

El viernes por la noche, al salir del Teatro Real, la zorra pérfida me preguntó "¿qué tal el ballet?" Yo, emocionado, le contesté, "una mariconada, pero una mariconada hermosísima". Esa fue mi impresión de La Belle, montaje basado en La bella durmiente de Tchaikovsky y presentado en el Real por Les Ballets de Monte-Carlo, institución bajo la presidencia de S.A.R. la princesa de Hanóver, ex S.A.S. Carolina de Mónaco.

La verdad es que no es posible cuestionar la pericia de su alteza real a la hora de presidir cosas. Y es que los casinos y un marido aficionado al frasco dejan mucho tiempo libre... Borracheras a parte, La Belle tiene, en primer lugar, una puesta en escena magnífica, a la par que sencilla. Recuerda a Oskar Schlemmer y su Triadisches Ballet, una de las manifestaciones más curiosas de la Bauhaus. De una forma entrañable, también trae a la mente todos los cuentos que hemos leído de niños. Así es su estética, de cuento.

A lo anterior hay que sumar el trabajo de los bailarines. En especial, el de Jérôme Marchand, la Reina Madre, un maromo de dos metros que se pasa toda la función dando saltos y girando cual peonza. Maravilloso. La bella, como es de esperar, era dulce, aunque no muy inocente. El príncipe, con su dentífrica sonrisa, nos muestra cómo perder aceite puede ser de lo más elegante. Aunque, modestia a parte, elegancia la de un servidor, que, según dijeron, parecía salido del taller de Tom Ford. Tom Ford en un escenario Bauhaus. Sólo el Real permitiría tal pastiche.


La Belle

Música de Piotr Ilich Tchaikovsky
Coreografía y dirección musical de Nicolas Brochot
Escenografía de Jean-Christophe Maillot
Les Ballets de Monte-Carlo

Del 6 al 11 de septiembre en el Teatro Real.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Quiero ser vintage


Un ambiguo adonis rubio tocado con un sombrero canotier, un muchacho moderno, el típico gafa-pasta, y una joven con un look y una mentalidad absolutamente vintage. Todos juntos, pero, para desgracia de los dos últimos, no revueltos. Ellos son los excéntricos personajes que presenta Los amores imaginarios, película del franco-canadiense Xavier Dolan.

Esta película ha hecho que uno arda de la envidia. Xavier Dolan, director y uno de los protagonistas, tiene solo 21 años. 21 años y ya dirigiendo sus propias películas... Así nos deja a los demás como zorras perezosas. Pero, al ver la película, no sólo me invade la vil envidia, sino también cierta melancolía. Dos de los personajes caen enamorados del tercero, que se complace en el galanteo. Nadie parece tener mucho éxito. El uso de la cámara lenta y las suites para violonchelo solo de Bach ayudan a que alguna lágrima aparezca.

Además de lo anterior, lo mejor es la estética. Todo un ABC del moderneo. Gafas de pasta, raya en el ojo, pantalones pitillo, jerseys oversize... Delicioso. Recuerda, a veces, a Won-Kar-Wai; otras, a Woody Allen y, muchos de los surrealistas diálogos, a Almodóvar. ¿A quién no le gusta un sombrero canotier, un suéter color mandarina y unas tazas de porcelana?

viernes, 5 de agosto de 2011

Juegos simbolistas


Los muchachos del norte somos, en general, muy ingeniosos. Debe de ser a causa de las largas tardes de lluvia. El aburrimiento agudiza nuestra razón, capaz de crear juegos lingüísticos acertadísimos e hirientes dardos dialécticos. Ayer sufrí o disfruté, según se mire, uno de estos juegos de palabras. A fin de desahogarme y entretener vuestras plácidas vidas, interrumpidas ahora por el descanso estival, os cuento un poco cómo fue la cosa.

Paseando iba yo, tranquilo, alegre, airoso, por un pequeño pueblo gallego. Me paró un muchacho moreno y de ojos verdes. Entre otras cosas, vino a decirme que yo era Arthur Rimbaud redivivo. La boca se me quedó abierta de par en par. "Hacía tiempo que no me dedicaban un requiebro tan galante", pensé. Con la mejor de mis sonrisas, seguí hablando y complaciéndome en el dulce asedio al que me humilde persona era sometida. Como sabéis, la vanidad es algo terrible y, a un tiempo, admirable.

Sin embargo, ya sólo, me di cuenta de que el muchacho me había llamado zorra moderna a la cara. ¿Es que tengo yo cara de enfant terrible? ¿Me está llamando gerontofílico? ¿Acaso me ha visto por la calle de Claudio Coello borracho de hachís y absenta? Más que dedicarse al inocente oficio del galanteo, el chicarrón del norte, me hizo el más ambivalente de los comentarios. Me llamó genio e infame a la vez. Demasiado para el frágil carácter y sano intelecto de quien os escribe. Sinceramente, hubiese preferido que me comparase con un modelo de Poussin o, para no salir del juego literario, con Lord Byron. Sin embargo, es el problema de las comparaciones, siempre son desafortunadas.

sábado, 23 de julio de 2011

Andreas, ¿por qué me haces llorar así?

- Ahora engañas a Bach con Purcell. Menudo pájaro estás hecho.
- Creo que con Bach ya he llorado bastante, Fernando.
- Qué trágica que estás hecha, cómo si llevases una vida horrorosa...
- Horrorosa no, vacía quizá.
- Y ahora me dirás que está vacía porque ni yo ni mi violín del siglo XVII te acompañamos.
- No es eso, Fernando. Tú ya me das un poco igual.
- ¿Igual? Sabes que eso no es cierto. ¿De dónde viene esa melancolía, si no? ¿No me dirás que es todo por un martillo neumático y un destructor de papel?
- No, simplemente es porque pensaba que, después de una cosa muy mala, vendría algo muy bueno.
- La zorra estúpida y su teoría del equilibrio cósmico. ¡Qué desgracia de ilustración la tuya!
- Desgracia, sí. Desgracia no compensada.
- Nada compensa las desgracias, bien lo sabes. El día que me conociste te robaron una bicicleta. Pensaste que te llevarías algo a cambio y ya ves... Al final te quedaste sin bicicleta, sin mi y sin una chacona antes de dormir.
- Sí, al final siempre me quedo sin nada.




Henry Purcell, "O solitude, my sweetest choice", Z 406

Andreas Scholl
Accademia Bizantina
Stefano Montanari

jueves, 21 de julio de 2011

Días destructivos


Hay días que son una verdadera cadena de infortunios. Hoy, triste y desgraciado de mi, he vivido uno de ellos. Todo empezó bien temprano, a las ocho de la mañana. Un martillo neumático me sacó de mi plácido y breve sueño. Empecé el día maldiciendo mi suerte y a los obreros que todas las mañanas, desde hace una semana, me despiertan de la más terrible de las maneras, en medio de un terrible estruendo. Los métodos de ocupación laboral soviética, abrir zanjas para cerrarlas y, al punto, volverlas a abrir, han llegado a la Corte.

Mi infortunada jornada continuó en la galería de arte en la que asisto por la mañana. Había que destruir unos papeles. Para ello, hay que utilizar la destructora de papel, máquina cruel e irracional, pero juguetito preferido del jefe. Y cómo no, yo, que tan bien me llevo con las tecnologías, destruí la destructora. Cruel paradoja. Toda la mañana se me fue en intentar arreglar el desaguisado que había provocado. Inútil. La torpeza es un defecto que nunca me abandonará.

Por la tarde, mi trabajo alimenticio se me hizo todavía más tedioso que de costumbre. Las cosas que hay que hacer para poder comer. Estoy harto de Isidoro Álvarez, de las señoras y sus problemas con las lavadoras, de los morosos, los quejumbrosos, los indignados y de todo ese ambiente gris y mediocre. Creo que, a fuerza de estar trabajando ahí, siendo ya un tanto gris, me estoy volviendo también mediocre. Vamos una cosa terrible. Además, horror, horror, creo que estoy engordando y me estoy poniendo horrible. Y no, me niego a volver a mi anterior estado como foca marina. En fin, creo que hoy lo veo todo un poco negro. Menos mal que Purcell, tan británico y barroco, me acompaña en mis lamentos.


Henry Purcell, Dido and Aeneas, Z 626, "Dido's lament"
Malena Ernman
Les Arts Florissants
William Christie

viernes, 8 de julio de 2011

Ansiadas vacaciones


Queridos míos, tened por seguro que daría una pierna, o las dos, por estar ahora mismo tirado en cualquier playa. Bueno, en cualquier playa no, en mi playa, con su arena blanca, el mar azul de la ría y todos sus divertidos atractivos. Cómo echo de menos no fijarme en el reloj, tener tiempo para leer, para escuchar música, para pasear o, simplemente, para abandonarme a la molicie. Sin embargo, qué terrible, no puede ser. Mi secuestro urbano está planeado hasta el día 31 de julio.

Secuestro urbano. Pensaréis, la zorra esta ha perdido el juicio, ¿no es ella, siempre tan pesada y machacona, la que no para de decir, con su aire pedante, lo bien que se lo pasa en su Corte? Sí. No os voy a quitar razón. No seré yo quien hable mal de la capital de nuestro reino. La Corte es fascinante de octubre a mayo, pero, en verano, se torna horrorosa. No es sólo por el calor incesante, que sube desde el asfalto y va quemando por doquier, sino también por el éxodo de proporciones bíblicas que éste conlleva. En verano, los urbanitas abandonan el barco como ratas y la Corte, tan bulliciosa siempre, se convierte en algo más parecido al desierto del Sáhara. A ello hay que sumar decenas de modernas que dicen, pues yo me voy a Bari en verano; pues yo, que soy más zorra, a Ibiza; pues yo, que soy más rica, a Menorca; pues yo, que soy más fina, veraneo en Biarritz; pues yo, que soy caritativa cual madre Teresa, me voy a las misiones (por si pillo un buen negraco). Como veis, un infierno.

En fin, menos mal que, en tanto no llegan las vacaciones, todavía me quedan pequeños divertimentos. También me queda gente por compartir estos desiertos días, de lo contrario, a punto estaría de abirme las venas. Y tengo aire acondicionado en el trabajo, ¿de qué me puedo quejar? En fin. He de consolarme pensando que lo mejor de las vacaciones, no son las vacaciones en sí, sino el deseo de que las vacaciones lleguen pronto. Y yo las deseo. Fervientemente.

miércoles, 6 de julio de 2011

Representar el vacío


Hace unos días, escuché una frase que me encantó. Fue obra de uno de los artistas de la galería para la que trabajo. La escultura es una forma de poseer el volumen. Entendido así, este arte no es más que un intento de llenar el vacío. ¿No es una definición preciosa? Simple, fácil de entender, nada pedante. Tan impropia de un artista...

Uno por su cuenta, que no es nada artístico, ha seguido pensando y se ha preguntado, ¿y el vacío qué? ¿Quién se encarga de representarlo? El arte siempre llena las cosas, el vacío, el silencio, el espacio; pero es incapaz de representar la ausencia de las mismas. Aún así, recuerdo que Chillida, en su polémico proyecto para Timanfaya, pretendía crear un vacío. Los conceptualistas, con sus lienzos en blanco, trataban de sugerir también lo mismo. Los expresionistas abstractos, planteándose la posibilidad de que pudiese no haber nada, aterraban al espectador, conduciéndolo a la tortura de lo sublime. Todos ellos han tratado de expresar la nada, pero siempre a través de algo. Materialidad, inmaterialidad. Curiosa paradoja y rotundo fracaso.

Y os preguntaréis qué hace éste hablando de estas chorradas pseudofilosóficas. Pues no lo sé. Me estoy fijando en mis paredes, llenas de láminas, al mismo tiempo que pienso en el vacío. A lo mejor, cubriendo todos los huecos blancos de la pared, trato de convencerme de que hay algo. He ahí el quid de mi horror vacui. Quizá, pienso ahora la irrepresentabilidad del vacío implica su no existencia. Y una mierda que te comas, zorra, diría el señor Sartre, al final, únicamente queda la nada. Ay. Estoy de un existencialista que no me soporto...

viernes, 24 de junio de 2011

Tarde de piscina


Cuando voy a la piscina no puedo evitar sentirme dentro de un cuadro de Hockney. Allí estoy yo, tirado en el césped, con mi bañador nuevo, toalla a juego y sombrero de paja. Vamos, color de pelo aparte, un Tadzio redivivo. Delante de mi pasean, con parsimoniosa indiferencia, las sirenas, una corte de muchachos ambiguos, de cuerpos morenos, músculos marcados y escuetos trajes de baño. Todo como salido de un anuncio de Dolce&Gabana. Excesivo y hortera, pero tentador al mismo tiempo.

Y os preguntaréis qué hace un remilgado como yo en un sitio así, la piscina más marica de la capital de nuestro reino. ¿Qué tengo yo que ver con tal desfile de jamelgos? Lo ignoro. Cuando voy a la piscina siempre pienso que mi yo decimonónico y decadente nada tiene que ver con estos chicos fabricados en serie. Guapos, aparentemente alegres y ruidosos. Sin embargo, no puedo dejar de sentirme atraído por ese lugar. No sólo por las evidentes alegrías que aporta a la vista, sino también por mera curiosidad antropológica, extrañeza al constatar que personas tan distintas puedan compartir el mismo tiempo de ocio y el mismo reducido espacio.

De todas maneras, a pesar del placer de una tarde ocio tranquilo y ordenado, cuando regreso a casa siempre me invade cierta melancolía. En el fondo, creo que envidio a toda esa gente hermosa y trivial. Me gustaría ser un poco como ellos, deseado y deseable. Sí, mis queridos lectores, ya lo sabéis, la vanidad es mi peor defecto.

lunes, 20 de junio de 2011

La crisis del sombrero de plumas

Hay días realmente extraños en la vida de uno. Muy extraños. Hoy ha sido uno de ellos, pues me he sentido como Winona Ryder. Como podréis apreciar, dada la fama e indudable prestigio internacional de esta actriz, gran amiga de lo ajeno, ha sido una jornada digna de recordar. Os la explico, a fin de que podáis hacer escarnio de mi triste suerte y maldecir de mi pobre intelecto.

Esta mañana decidí que sería bueno comprarme un bañador nuevo. Sí, uno de estos cortos, muy cortos. Al fin y al cabo, uno se encuentra ya en disposición de enseñar las piernas. Total, que me lo compré e iba yo tan contento por la Corte. Sin embargo, en mi afán consumista, decidí acudir a uno de esos supermercados de la moda. Craso error. La diosa del Prêt-à-porter decidió vengarse de mi en forma de sombrero de plumas. Sí, plumas, de faisán. Pues bien, allí entré, como decía, en la tienda con mi sombrero. Todo tranquilo y plácido. La tragedia se desencadenó al salir. La alarma de la salida sonaba. De pálido, me torné en el más encendido encarnado. El cancerbero que guarda la entrada del establecimiento me dio el alto, preguntándome dónde y, más importante, cuándo había adquirido yo tan hermoso sombrero. Le respondí que hacía tiempo lo había comprado en el mismo lugar. Al buen hombre no le bastó con mi palabra. A pesar de que uno es honrado, tuvo que comprobar en las cámaras que yo, efectivamente, había entrado en la tienda con el sombrero en la cabeza.

Teniendo en cuenta lo ocurrido, os podréis imaginar mi indignación y vergüenza. ¿Ahora con qué cara me presentaré yo en la misma tienda? ¿Qué pensarían las personas que pasaban? ¿Me confundirían con un vulgar raterillo? Eso debió pasar, seguro que se han dicho a sí mismos, "la zorra del sombrero de plumas es una choriza". Y sí, uno podrá parecer una zorra choriza, pero, en el fondo, es una zorra honrada. Así es la zorra. Quién la conoce, lo sabe.

miércoles, 15 de junio de 2011

Higiene mental y empalago emocional


Procuro salir a correr cada día. No sólo por deporte y para mantener la figura, cosa muy necesaria en estos tiempos, sino también por higiene mental. Sí. Con un rato corriendo por el parque, consigo que mi cabeza se vacíe de todo el agobio acumulado durante el día y logro, al fin, razonar con un poco de cordura. En muchas ocasiones, las más, hago balance, pienso qué es bueno y qué lo malo que he hecho en todo el día. Otras veces hago previsión, pienso en qué debería hacerse al día siguiente. Finalmente, en algunas ocasiones, las menos, me dejo ir. Esos días me fijo en alguien, en cualquiera, e imagino quién es, cómo vive, qué inquietudes tiene, qué deseos.

Ayer fue una de esas raras veces en las que se dio la última opción. Como dice la protagonista de Desayuno con diamantes, yo había tenido un día rojo. Una de esas jornadas en las que piensas que mejor hubiese sido no haberse levantado de la cama. A pesar de ello, haciendo acopio de moral, decidí salir a correr por el Retiro. Cuando ya estaba acabando el recorrido, me fijé en dos chicos. Acaban de llegar de patinar. Tendrían veintiuno o veintidos años, ambos muy monos, delgaditos, con media melena oscura, sonrientes. Los dos estaban peleando, pero no con afán de hacerse daño, sino con el deseo de tocarse, de estar juntos. Era una cariñosa lucha entre risas. Más tarde, volviendo yo a casa, los encontré al lado de la boca del metro, alternando sonrisas y besos. Todo edulcoradamente delicioso.

Al rato, comencé a imaginar cómo se habían conocido, cuánto tiempo llevaban juntos y si ya se habían dicho "te quiero" uno al otro. Intenté proyectarme en ellos y, sin poder evitarlo, apareció el gusanillo de la envidia. A mi también me gusta que me digan cosas bonitas, que me besen a la entrada del metro y poder decir que quiero a alguien. Esos dos chicos eran el ideal que cualquier zorra sentimentalista y romanticona quisiera vivir. Eran el ideal que todo buen Fernando podría representar.

lunes, 30 de mayo de 2011

Il trionfo del tempo




Me decía una amiga ayer que es curioso que celebremos los cumpleaños, pues celebramos que nos acercamos más a nuestro final. Es como si festejásemos que la vida se nos va escapando poco a poco. Me decía también ayer alguien especial que nuestra vida es música. Sólo es plena cuando llega a su fin y, cuando acaba, irremediablemente, se desvanece.

...

No volveré a ser joven


Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma, Poemas póstumos, 1968

...



Georg Friedrich Händel, Il trionfo del tempo e del disinganno, "Tu del ciel ministro eletto"

Debora York
Concerto Italiano
Rinaldo Alessandrini

viernes, 27 de mayo de 2011

Planes para un fin de semana

- Dormir. Al menos ocho horas cada noche. Levantarse antes de las nueve y media debería estar prohibido.

- Comer. Pollo con almendras, tortilla de patatas, guiso de guisantes, parmigiana de berenjena. Delicioso.

- Leer. Purga de Sofi Oksanen, José y sus hermanos II de Thomas Mann.

- Escuchar música. Le nozze di Figaro en el Teatro Real y, en mi habitación, Barenboim, Zukerman y du Pré tocan el Trío del Archiduque.

- Ir al mercado. Después de una semana trabajando bien merezco un kilo de cerezas y una bolsa repleta de albaricoques.

- Ir de compras. Una perfecta camiseta marinera y un sombrerito de paja me esperan. El verano ha llegado a la corte.

- Pasear. Feria del Libro en el Retiro y domingo en el Barrio de Salamanca.

- Hacer deporte. Una hora corriendo al día es la cura perfecta a cualquier exceso gastronómico.

- Festejar. Venticuatro años. Horror, horror, horror...


Ludwig van Beethoven, Trío para piano en si bemol mayor, op. 97, "Trío del archiduque"

Pinchas Zukerman, violín
Jacqueline du Pré, violonchelo
Daniel Barenboim, piano