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viernes, 20 de enero de 2012

El ataque de las mamarrachas

Siempre me he vanagloriado de tener un rico lenguaje. Gongorino casi. Todos lo que tenéis la gran suerte, o la terrible desgracia, de conocerme sabéis que me encanta incorporar palabras a mi acervo. Con afán arqueológico, gusto de recuperar palabras en desuso, pobres reliquias lingüísticas en las que ya nadie repara. Sí, yo he dado de nuevo esplendor a la acción de descomer, he resucitado todo lo estomagante y he coronado esta ciudad en la que vivo con su apelativo de Villa y Corte. Aunque no sólo, en mi atracción por lo vintage o viejuno, he vuelto a traer nuevos términos, también me he encaprichado con algunos. Mi última fijación es, lo confieso, el adjetivo mamarracha.

Efectivamente, mamarracha es una palabra gloriosa. Sonora y contundente. A la vez, en su potencia vibrante, expresa perfectamente lo deleznable de las personas que merecen tal apelativo. Esto es, modernas sin oficio ni beneficio. Sodomitas frívolos que viven del cuento y se dedican únicamente a cultivar el cuerpo, lucir la última creación de Marc Jacobs o a mostrar al mundo su nuevo peinado, el cual, irremediablemente, esconde un gran vacío. Vamos, algo verdaderamente aterrador y que, sin embargo, se extiende como una plaga de langostas por nuestra decimonónica Corte.

Ante esa fuerza aplastante de pelos encerados, polvos de maquillaje, mini-shorts, maxi-botas, mallas y demás zarandajas ochenteras, qué ha de hacer una persona sensata, huir del reino, meterse en un convento, acabar con su nada cool existencia... Todo antes de ir por ahí y que digan al pasar, "ésa es una moderna". No. Yo prefiero que pasen y digan, "ahí va la antigua ésa, es el barroco redivivo".

viernes, 8 de julio de 2011

Ansiadas vacaciones


Queridos míos, tened por seguro que daría una pierna, o las dos, por estar ahora mismo tirado en cualquier playa. Bueno, en cualquier playa no, en mi playa, con su arena blanca, el mar azul de la ría y todos sus divertidos atractivos. Cómo echo de menos no fijarme en el reloj, tener tiempo para leer, para escuchar música, para pasear o, simplemente, para abandonarme a la molicie. Sin embargo, qué terrible, no puede ser. Mi secuestro urbano está planeado hasta el día 31 de julio.

Secuestro urbano. Pensaréis, la zorra esta ha perdido el juicio, ¿no es ella, siempre tan pesada y machacona, la que no para de decir, con su aire pedante, lo bien que se lo pasa en su Corte? Sí. No os voy a quitar razón. No seré yo quien hable mal de la capital de nuestro reino. La Corte es fascinante de octubre a mayo, pero, en verano, se torna horrorosa. No es sólo por el calor incesante, que sube desde el asfalto y va quemando por doquier, sino también por el éxodo de proporciones bíblicas que éste conlleva. En verano, los urbanitas abandonan el barco como ratas y la Corte, tan bulliciosa siempre, se convierte en algo más parecido al desierto del Sáhara. A ello hay que sumar decenas de modernas que dicen, pues yo me voy a Bari en verano; pues yo, que soy más zorra, a Ibiza; pues yo, que soy más rica, a Menorca; pues yo, que soy más fina, veraneo en Biarritz; pues yo, que soy caritativa cual madre Teresa, me voy a las misiones (por si pillo un buen negraco). Como veis, un infierno.

En fin, menos mal que, en tanto no llegan las vacaciones, todavía me quedan pequeños divertimentos. También me queda gente por compartir estos desiertos días, de lo contrario, a punto estaría de abirme las venas. Y tengo aire acondicionado en el trabajo, ¿de qué me puedo quejar? En fin. He de consolarme pensando que lo mejor de las vacaciones, no son las vacaciones en sí, sino el deseo de que las vacaciones lleguen pronto. Y yo las deseo. Fervientemente.

lunes, 20 de junio de 2011

La crisis del sombrero de plumas

Hay días realmente extraños en la vida de uno. Muy extraños. Hoy ha sido uno de ellos, pues me he sentido como Winona Ryder. Como podréis apreciar, dada la fama e indudable prestigio internacional de esta actriz, gran amiga de lo ajeno, ha sido una jornada digna de recordar. Os la explico, a fin de que podáis hacer escarnio de mi triste suerte y maldecir de mi pobre intelecto.

Esta mañana decidí que sería bueno comprarme un bañador nuevo. Sí, uno de estos cortos, muy cortos. Al fin y al cabo, uno se encuentra ya en disposición de enseñar las piernas. Total, que me lo compré e iba yo tan contento por la Corte. Sin embargo, en mi afán consumista, decidí acudir a uno de esos supermercados de la moda. Craso error. La diosa del Prêt-à-porter decidió vengarse de mi en forma de sombrero de plumas. Sí, plumas, de faisán. Pues bien, allí entré, como decía, en la tienda con mi sombrero. Todo tranquilo y plácido. La tragedia se desencadenó al salir. La alarma de la salida sonaba. De pálido, me torné en el más encendido encarnado. El cancerbero que guarda la entrada del establecimiento me dio el alto, preguntándome dónde y, más importante, cuándo había adquirido yo tan hermoso sombrero. Le respondí que hacía tiempo lo había comprado en el mismo lugar. Al buen hombre no le bastó con mi palabra. A pesar de que uno es honrado, tuvo que comprobar en las cámaras que yo, efectivamente, había entrado en la tienda con el sombrero en la cabeza.

Teniendo en cuenta lo ocurrido, os podréis imaginar mi indignación y vergüenza. ¿Ahora con qué cara me presentaré yo en la misma tienda? ¿Qué pensarían las personas que pasaban? ¿Me confundirían con un vulgar raterillo? Eso debió pasar, seguro que se han dicho a sí mismos, "la zorra del sombrero de plumas es una choriza". Y sí, uno podrá parecer una zorra choriza, pero, en el fondo, es una zorra honrada. Así es la zorra. Quién la conoce, lo sabe.

miércoles, 15 de junio de 2011

Higiene mental y empalago emocional


Procuro salir a correr cada día. No sólo por deporte y para mantener la figura, cosa muy necesaria en estos tiempos, sino también por higiene mental. Sí. Con un rato corriendo por el parque, consigo que mi cabeza se vacíe de todo el agobio acumulado durante el día y logro, al fin, razonar con un poco de cordura. En muchas ocasiones, las más, hago balance, pienso qué es bueno y qué lo malo que he hecho en todo el día. Otras veces hago previsión, pienso en qué debería hacerse al día siguiente. Finalmente, en algunas ocasiones, las menos, me dejo ir. Esos días me fijo en alguien, en cualquiera, e imagino quién es, cómo vive, qué inquietudes tiene, qué deseos.

Ayer fue una de esas raras veces en las que se dio la última opción. Como dice la protagonista de Desayuno con diamantes, yo había tenido un día rojo. Una de esas jornadas en las que piensas que mejor hubiese sido no haberse levantado de la cama. A pesar de ello, haciendo acopio de moral, decidí salir a correr por el Retiro. Cuando ya estaba acabando el recorrido, me fijé en dos chicos. Acaban de llegar de patinar. Tendrían veintiuno o veintidos años, ambos muy monos, delgaditos, con media melena oscura, sonrientes. Los dos estaban peleando, pero no con afán de hacerse daño, sino con el deseo de tocarse, de estar juntos. Era una cariñosa lucha entre risas. Más tarde, volviendo yo a casa, los encontré al lado de la boca del metro, alternando sonrisas y besos. Todo edulcoradamente delicioso.

Al rato, comencé a imaginar cómo se habían conocido, cuánto tiempo llevaban juntos y si ya se habían dicho "te quiero" uno al otro. Intenté proyectarme en ellos y, sin poder evitarlo, apareció el gusanillo de la envidia. A mi también me gusta que me digan cosas bonitas, que me besen a la entrada del metro y poder decir que quiero a alguien. Esos dos chicos eran el ideal que cualquier zorra sentimentalista y romanticona quisiera vivir. Eran el ideal que todo buen Fernando podría representar.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Esperando a Tatiana Dimitrevna


Queridos míos, inaugurando lo que puede ser un ciclo internacional, esta semana me he tornado en una zorra pro-rusa. Sí hijos, sí. Y yo me pregunto qué sabéis vosotros, ilustrados lectores, de la Federación Rusa. Efectivamente. Ese país donde vive gente maravillosa y, en el tema de política, ha habido algunos cambios. Miss Melilla 2011, cráneo privilegiado, dixit. Pues bien, frivolidades a parte, os voy a explicar qué tengo yo con Rusia.

Esta semana he descubierto que me encanta la literatura rusa. Dostoievski siempre me ha gustado, aunque, secretamente, he de decir que lo encuentro un poco gris, un poco pelma. Sin embargo, recientemente, me he encontrado con Tolstói. La lectura de Ana Karenina me esta dejando impresionado. Ojalá pudiese vivir yo un adulterio como ese. Tanto es así, que el volumen de casi medio kilo me acompaña a todas partes. Por las noches, acompañado del Concierto para violin en re mayor de Tchaikovsky, provoca un placer inenarrable. Deliciosamente ruso.

Sin embargo, lo que pone la guinda al pastel, es la inminente llegada a la Corte y a mi pequeño convento de la que podemos llamar Tatiana Dimitrevna, substituta temporal de una de mis compañeras de piso, a quien, cafetera y gas encendidos a parte, adoramos. Dicen que es de fiar, pero ¿quién sabe? Me llaman alarmista, pero yo estoy convencido de que nos va a llenar la casa de horteras cantantes armenios, terroristas chechenos o, peor aún, de camorristas albano-kosovares. Los rusos y su proberbial solidaridad con otros pueblos eslavos... En fin, para cubrirme las espaldas, tendré que acabar por hacerme amigo del señor Putin o devoto del señor Lenin. Sí eso último haré. Al fin y al cabo, el rojo soviético siempre me ha sentado muy bien.

sábado, 26 de febrero de 2011

Delirios de una zorra existencialista


Medita cómo le ha engañado la Prudencia,
cómo confiaba en ella siempre - qué demencia-,
que le mentía: "Mañana que hay tiempo bastante."

CAVAFIS, Poesía Completa.

Leyendo el pasaje anterior, esta tarde me he puesto a llorar. Ha empezado flojito, como si orballase, pero luego ha arreciado, convirtiéndose en un llanto persistente. Las lágrimas corrían como si de un gran chorro se tratase. Era imparable. Tchaikovsky y su trío para piano no contribuyeron a mejorar nada. Después, la muerte de Violeta en La Traviata me hundió bajo una losa de melodrama. Era como un nudo que cuanto más te empeñas en desenredar, más enredado se torna.

Y todo por qué, sólo bastó una frase, "Mañana que hay tiempo bastante". En ella está la raíz del problema, la Prudencia, un monstruo de tres cabezas, y el futuro, siempre incierto. En lo que llevo de vida siempre he tenido la prudencia de preocuparme de qué voy a hacer mañana, de qué voy a ser mañana y de cómo conseguirlo. Ahora, por el contrario, estoy en un momento en el que no sé qué voy a hacer, en el que no sé qué quiero ni cómo conseguirlo. Siempre ha sido una etapa tras otra y ahora solo me queda el vacío. Y el vacío no es para mi sublime, como en un cuadro de Friedrich, es agobiante, como en una novela de Camus. Sí, queridos míos sí, hoy soy la zorra existencialista. Todo muy años cuarenta.

Menos mal que luego una persona muy especial me ha salvado. Me ha recordado que, a pesar de todo, todavía conservo cosas buenas y que mejores están por llegar. A ello trato de agarrarme. Sin embargo necesito que todo vuelva a rodar, poder volver a rodearme de cosas hermosas y volver a la vitalidad de antaño. ¿Dónde está mi yo mordaz? ¿A dónde se ha ido mi sarcasmo? El tiempo lo ha barrido todo, lo ha consumido.

martes, 4 de enero de 2011

Ensoñaciones de una tarta de crema revenida


Esta noche he soñado con Fernando. Sí, ha vuelto a pasar. Sonaba el primer movimiento del concierto para violín de Tchaikovsky y todo estaba pintado de azul, como si fuese el cielo de un cuadro de Velázquez. Fernando me besaba, con sus labios carnosos, y todo comenzaba a dar vueltas y más vueltas. Como veis, queridos míos, el sueño fue de folletín, de folletín de los peores. Estoy fatal. No sé qué opinaría el señor Freud de mis ensoñaciones de zorra solterona; ni qué opinaría el señor Mann de mi redundante lenguaje.

He soñado con Fernando y me he despertado y, en despertándome, me he dado cuenta que vale más la pena está dormido. Menos mal que siempre encuentro una salvación eventual. Un desayuno con Cuqui y la zorra pérfida, ambas arrecogidas en mi pequeño convento, devolvió a mi existencia la dosis necesaria de frivolidad. Sin embargo, el remedio es breve, de nuevo solo, no puedo sino continuar pensando en mi Fernando. Sí, otra vez. Me he despertado en el modo tarta de crema revenida. Patético romanticismo.

Total, me he despertado y sigo soñando con Fernando. El problema es que ya estoy harto de los sueños. Empiezo a cansarme de ellos y de mi ser poliédrico, a ratos, la zorra borracha; a ratos, el señorito frívolo, a ratos el perfecto muchacho provinciano y católico... Lo quiero todo a la vez. Quiero dejar de soñar y comenzar a tener; a mi Fernando, éxito personal, diversión, un piso en la calle Castelló... Lo quiero todo. Pero, por encima de todo, quiero volver a escribir textos dignos de ser leídos. Hoy, queridos míos, vuestra tarta de crema os suplica indulgencia. No da para más.

domingo, 12 de diciembre de 2010

El ataque de la zorra borracha


Sí, hijos sí. Ya lo decía Plinio el Viejo antes que uno, "In vino veritas, in aqua sanitas". En otras palabras, el alcohol es enemigo de la mentira y el agua, insípida e incolora, es siempre nuestra mejor aliada. Si no la confundimos con ginebra, claro... Y todo esto os lo confieso ahora, recién levantado, resacoso, tras una borrachera indecente.

No me podía ni imaginar que iba a acabar en ese estado. La tarde había comenzado con flores rojas, chocolate y bizcochos. Siguió con gente, escaparates y lucecitas. Pero, de repente, vi, aterrado a la par que admirado, como las copas de cava sucedían a las de lambrusco y como, al final, todo acababa regado con vodka.

Entonces pasó lo irremediable, apareció la verborrea. Es cierto. Cuando estoy borracho soy menos estirado, pero también soy más irónico, más cínico y, sobre todo, no soy capaz de callar ni debajo del agua. Así, acabo contando intimidades jocosas o tirándole los trastos a uno de mis mejores amigos. ¡Qué indecencia! En fin, menos mal que, al final, siempre se resuelve todo de la misma manera, encuentro un lagarto, lo llevo a un parque y acabo llorando cuando lo tengo que dejar. Sí. Uno puede convertirse en una zorra borracha, pero siempre será una zorra sensible.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Delirios de una zorra mártir


Queridos míos, es inevitable. Ni siquiera los más ilustrados podemos escapar al fango del sentimentalismo. Yo que, de manera tan elegante, había sido la zorra provinciana, la zorra intelectualoide e, incluso, la zorra pérfida, me he convertido en la zorra mártir. Es curioso, a la par que mudable, el divertido mundo de las zorras. Bollos y pastas a parte, soy una hermana de la caridad. Es triste, pero tengo que admitirlo.

Cómo he llegado a este estado, de dulce masoquismo, es algo que todavía no logro comprender. Habré de pensar en ello. Quizá sea que me he tornado vulnerable, débil y tendente a un estúpido optimismo antropológico. Eso ha de ser. Cuánto mal ha hecho Rousseau. No seáis nunca zorras optimistas, hedonistas o estoicas; sed siempre zorras cínicas.

La cuestión que se me planeta ahora es recuperar mi sitio natural en nuestro zorresco ecosistema. Volver a ser quien era, abandonando mi monjil abnegación y tomando las riendas del carro. Probablemente un poco de diversión me ayude. Necesito ser un tanto frívolo. Decididamente, un poco de frivolidad matará a esta triste tarta de crema revenida que soy. El dulce me ha empalagado. Me duele el estómago.