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lunes, 5 de diciembre de 2011

Contra la ambición


La mitología esta llena de personajes que, presa de su desmedida ambición, acaban sufriendo la peor de las caídas. Ícaro, por querer alcanzar el sol, murió ahogado en el fondo del océano. Faetón, por querer dirigir el brillante carro de Febo, pereció despeñado. Prometeo, por desafiar a los dioses, acaba encadenado y sometido a un eterno martirio. Querer alcanzar lo inalcanzable y ser castigado. Muy edificante.

Yo, como los mitos clásicos, también me veo sacudido de vez en cuando por la ambición. Quiero tenerlo todo. Un buen trabajo, una buena casa y mil cosas hermosas. A veces pienso que, a fin de conseguir eso, estoy dispuesto a hacer lo que sea. Materialista me llaman, yo me río. Sin embargo, a veces me pregunto de qué sirve el dinero si no tienes con quien gastarlo, de qué sirve un precioso piso si nadie te visita, de qué sirve tener cosas hermosas si no tienes con quién compartirlas. Y entonces me doy cuenta de que mi ambición es algo egoísta e inútil. Los ambiciosos, en su afán de resaltar su propia individualidad, acaban solos.

No obstante, lo anterior no quita que uno no deba luchar por lo que quiere, aunque siempre con mesura. Aurea mediocritas. Hay que considerar si lo que uno quiere compensa a aquello que pierde para conseguirlo. Da miedo apostar cuando sabes que tienes que perder. Da miedo subir mucho, sabiendo que desde muy arriba puedes caer.

martes, 25 de octubre de 2011

Estas afiladas saetas...

Es curioso recordar a las personas que han pasado. Descubres pensamientos paralelos, sentimientos encontrados y muchas congojas. Es extraño ver cómo esas personas vuelven y, por desgracia, se convierten en espinas.



Benedetto Ferrari, "Queste pungenti spine, Cantata sprituale".
Philippe Jaroussky
La Arpeggiata
Christina Pluhar


Queste pungenti spine
che ne boschi d'abisso
nodrite ed allevate affliggono,
traffiggono o crudeltade,
il mio Signor e Dio
Son saette divine
che col foco del cielo
addolcite e temprate alletano,
dilettano,
o gran pietade il cor divino e pio
E tu anima mia
non sai che sia dolore
ancor non senti amore?
Stolta che fai? che pensi?
Il tuo Giesu tradito Il tuo Giesu piagato Si lacera,
si macera Ohimè che stato,
Solo per darti vita,
E tu ingrata I sensi ogn'hor Più cruda induri
Sei di cor si spietato
Si rigido,
si frigido,
O stelle,
o fato
Che non procuri aita?
Ben veggio, anima mia
Non sai che sia dolore,
Ancor non senti amore.

miércoles, 19 de octubre de 2011

La crueldad de los aniversarios


Siempre que escucho el Trío para piano de Claude Debussy me acuerdo de ti. Tú me lo mostraste un día en casa. ¿Lo recuerdas? Nos pasábamos un buen rato escuchando música antes de ir a dormir. Al principio, la pieza no me gustó mucho. Conviene escucharla solo, es íntima, muy ligera y, sobre todo, delicada. Es la composición de un adolescente que despierta a la vida. ¿Sabías que Debussy la compuso con dieciocho años?

La ilusión y brillantez del primer movimiento me hace recordar la noche en que nos conocimos. Hoy se cumple un año. Allí estabas tú con un trench beige, esperándome a la entrada del Retiro. Me pareciste encantador. Luego empezaste a hablar y lo confirmaste. Encantador. Fue una conversación larga y deliciosa. Incluso que me robasen la bicicleta esa misma noche no disminuyó mi gozo. Había encontrado a mi ideal. Un muchacho culto, elegante, educado... Había conocido a un artista.

Sin embargo pasó el tiempo y llegó el desengaño. El chico encantador resultó ser una culebra. Yo estaba enamorado de ti y tú lo sabías. Me hacías ilusiones, luego te apartabas y vuelta a empezar. Tu me torturabas y yo me dejaba torturar. Cada día me hacías sentir más pequeñito, más mediocre, más triste. Cuantísimo daño me hice por tu culpa.

Ha pasado un año y todavía sigo pensando en ti. Siempre tan juicioso, me lo advertiste la mañana en la que te dije que no quería verte más. Te quise mucho, pero ya no te quiero. Simplemente, al pensar en ti, siento pena. Si no hubieses sido tan frío y cruel, habríamos sido muy felices. En fin, el tiempo ha pasado y todo lo que no me dabas tú lo he encontrado en otra parte. Él no toca a Bach, pero tiene más corazón. Eso que tú nunca utilizaste conmigo.


miércoles, 28 de septiembre de 2011

El triunfo de lo inconsciente


En El yo y el ello (1923) Sigmund Freud, padre de la teoría psicoanalítica, describe lo que él llamó modelo estructural del aparato psíquico. En este se distinguen el yo, lo consciente; el superyó, el juicio moral, y el ello, lo inconsciente. Cómo no, el más interesante es el ello. Oscuro, sórdido, poseído por toda clase de deseos inconfesables, sacudido por los más terribles traumas y complejos.

Últimamente, yo, que solía ser tan kantiano, tan amigo de la recta razón, he descubierto mi psique retorcida. Sí. El ello juega una parte muy importante en mi tranquila existencia. Así puedo descubrir que, debajo de lo que pienso de una persona, puede existir una pulsión totalmente contraria. A pesar de mi aire de tranquilo, estoy sujeto a toda clase de dicotomías, placer y dolor, amor y odio, atracción e indiferencia. Todo tan deliciosamente barroco.

Y así me veo ahora, sujeto a una deliciosa tensión mental. Tensión entre lo que creía que pensaba y lo que realmente sentía, tensión entre lo que no sabía y acabo de descubrir, tensión entre lo que creía indiferente y ahora, tras un momento de epifanía, encuentro delicioso. Definitivamente, he perdido el juicio. Desconcertado, contento, asustado, barroco. En fin, en mi cabeza, el señor Freud se ha cargado al señor Kant. ¿En qué acabará esto? Mejor no pensarlo...



Nicola Porpora, "Son qual nave ch'agitata", Artaserse, 1730
Simone Kermes
Venice Baroque Orchestra

miércoles, 15 de junio de 2011

Higiene mental y empalago emocional


Procuro salir a correr cada día. No sólo por deporte y para mantener la figura, cosa muy necesaria en estos tiempos, sino también por higiene mental. Sí. Con un rato corriendo por el parque, consigo que mi cabeza se vacíe de todo el agobio acumulado durante el día y logro, al fin, razonar con un poco de cordura. En muchas ocasiones, las más, hago balance, pienso qué es bueno y qué lo malo que he hecho en todo el día. Otras veces hago previsión, pienso en qué debería hacerse al día siguiente. Finalmente, en algunas ocasiones, las menos, me dejo ir. Esos días me fijo en alguien, en cualquiera, e imagino quién es, cómo vive, qué inquietudes tiene, qué deseos.

Ayer fue una de esas raras veces en las que se dio la última opción. Como dice la protagonista de Desayuno con diamantes, yo había tenido un día rojo. Una de esas jornadas en las que piensas que mejor hubiese sido no haberse levantado de la cama. A pesar de ello, haciendo acopio de moral, decidí salir a correr por el Retiro. Cuando ya estaba acabando el recorrido, me fijé en dos chicos. Acaban de llegar de patinar. Tendrían veintiuno o veintidos años, ambos muy monos, delgaditos, con media melena oscura, sonrientes. Los dos estaban peleando, pero no con afán de hacerse daño, sino con el deseo de tocarse, de estar juntos. Era una cariñosa lucha entre risas. Más tarde, volviendo yo a casa, los encontré al lado de la boca del metro, alternando sonrisas y besos. Todo edulcoradamente delicioso.

Al rato, comencé a imaginar cómo se habían conocido, cuánto tiempo llevaban juntos y si ya se habían dicho "te quiero" uno al otro. Intenté proyectarme en ellos y, sin poder evitarlo, apareció el gusanillo de la envidia. A mi también me gusta que me digan cosas bonitas, que me besen a la entrada del metro y poder decir que quiero a alguien. Esos dos chicos eran el ideal que cualquier zorra sentimentalista y romanticona quisiera vivir. Eran el ideal que todo buen Fernando podría representar.

lunes, 30 de mayo de 2011

Il trionfo del tempo




Me decía una amiga ayer que es curioso que celebremos los cumpleaños, pues celebramos que nos acercamos más a nuestro final. Es como si festejásemos que la vida se nos va escapando poco a poco. Me decía también ayer alguien especial que nuestra vida es música. Sólo es plena cuando llega a su fin y, cuando acaba, irremediablemente, se desvanece.

...

No volveré a ser joven


Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma, Poemas póstumos, 1968

...



Georg Friedrich Händel, Il trionfo del tempo e del disinganno, "Tu del ciel ministro eletto"

Debora York
Concerto Italiano
Rinaldo Alessandrini

domingo, 1 de mayo de 2011

Ideas impertinentes


- Sabes que Bach te hace recordarme.
- Sus variaciones me recuerdan a ti y me ayudan a dormir.
- Las Variaciones Goldberg se compusieron en 1741 para ayudar a dormir a un conde.
- Lo sé, Fernando.
- Tú, mi pequeño histérico, no eres un conde. Eres sólo un simple.
- Otra vez... ¿Por qué no te olvidas de mi?
- Creo que deberías invertir la pregunta. ¿Por qué tú no te olvidas de mi?
- Yo intento olvidarme de ti, trabajo en ello todo el tiempo, Fernando.
- ¿Pero?
- Pero apareces todo el rato. Cuando suena Bach, Tchaikovsky o Strauss, ahí estás. Escondido detrás de toda la música que escuchamos juntos, detrás de cada cosa que aprendí de ti.
- Y entonces recuerdas mis caricias, mis abrazos y mis besos. Sí, ya me sé todo ese cuento. Quizá deberías dejar a Bach y todas esas ensoñaciones de zorra sentimentalista. Sin duda harías dormir al conde, eres tedioso.
- Tus caricias fueron cortas, tus abrazos débiles y tus besos fingidos. No hay mucho que recordar. Al fin y al cabo, nunca has existido realmente. Te idealicé, eres sólo el sueño de un idiota, una triste idea.
- Una idea que te atormenta.
- Un tormento de idea, Fernando.

lunes, 11 de abril de 2011

Complejo de Polícrates


Polícrates fue durante el siglo VI a.C. tirano de la isla egea de Samos. Aunque accedió al poder mediante un golpe de Estado, las obras públicas de su gobierno mejoraron ostensiblemente el nivel de vida de su pueblo. Todo ello henchía de felicidad a Polícrates. Sin embargo, al mismo tiempo, le hacía tremendamente infeliz. Temía que los dioses sintiesen envidia de él y le castigasen. En definitiva, Polícrates sentía miedo de su propia felicidad.

Como el tirano griego, quien os escribe siente un poco de temor ante su pequeña primavera. Todo me está saliendo muy bien. En septiembre llegué a la Corte sin nada. Era casi un perdido. Ahora tengo un trabajo estable, unas prácticas estimulantes e ilusionantes, encargos puntuales y, no menos importante, sigo tan delgado como siempre. Se puede decir que soy un poco feliz. A pesar de ello, me inquieta que, tras esta felicidad, pueda esconderse una desgracia que venga a equilibrar la balanza. ¿Qué tengo que perder para que todo siga como siempre?

A pesar de todo, trato de convencerme de que el temor es infundado, de que tal equilibrio es una superstición, de que va a ser siempre como ahora. Inútil. Ya lo dice la sabiduría popular, tan folclórica ella, lo que sube, por fuerza, ha de bajar. A esperar toca...

jueves, 7 de abril de 2011

Exultante barroquismo


Como sabéis todos los que habitualmente prestáis atención a mis desvaríos, uno es una persona muy barroca. Sí, tremendamente barroca. No sólo por mi gusto por todo lo artificioso, sino también porque, con tremenda facilidad, paso de un afecto a otro. Así, la más profunda melancolía, con rapidez pasmosa, puede tornarse en la alegría más exultante.

Últimamente, mis queridos lectores, estoy en la fase de alegría exultante. Hoy me he dado cuenta. Generalmente, el jueves es el día en el que me muero de cansancio y maldigo mi triste suerte. Sin embargo, hoy mientras pedaleaba hacia mi trabajo alimenticio de las tardes, me dije a mi mismo, "Mi pequeño histérico, vuelves a ser tú de nuevo". Desde mi regreso a la Corte en septiembre, no había vuelto a tener esa sensación, esa idea de que la vida va rodando hacia el objetivo marcado. Ahora veo que mi esfuerzo conduce a algún sitio. Ya no estoy perdiendo el tiempo atendiendo esperanzas vanas.

Sin embargo, lo que me hace exultar todavía más es que he conseguido llegar a este sentimiento por mi mismo. Hasta ahora, he buscado que reconozcan mis méritos, que me estimen, que me quieran... En definitiva, ser feliz a través de otros. Ahora, sin Fernando a la vista, puedo decir que estoy a gusto conmigo mismo y sí, soy un poco más feliz. ¿Será el sol, serán los primeros calores? No lo sé, pero ojalá mi pequeña primavera dure para siempre.


viernes, 4 de marzo de 2011

Inexorables preguntas

Hay un momento inexorable en el que todo ser humano se pregunta "¿Qué he hecho?". Creo que quien os escribe está en esa fase ahora. ¡Qué terrible! Ante ella, sólo se puede reaccionar de tres maneras, riendo, llorando o tirándose de los pelos. Y sí, uno, que es muy dado a los desórdenes emocionales, ha experimentado todas esas reacciones.

A pesar de la risa, el llanto y las agresiones al cuero cabelludo, nada recomendables, la pregunta sigue siendo qué he hecho, qué he hecho. Pues, queridos míos, he hecho de todo. Tanto, que ahora no sé cómo deshacerlo. He intentado varias cosas. Agarrarme a esperanzas vanas, callarme, ignorar el problema, disimular un poco, fingir, volver a callarme y dejar el teléfono sonar. Pero el teléfono, valiente hijo de perra, sigue sonando. No se cansa, no me deja descansar. Yo me engaño, hago como si nada pasase, como si todo fuese un sueño, como si se confundiese mi oído. Todo es inútil.

Y claro, por fingir, por pretender soltar lastres emocionales y afectivos, me llaman cobarde. Ignorantes y osadas ellas. No saben que lo más difícil y, por ende, lo más valiente es deshacerse de aquello que, fervientemente, deseamos. De aquello que, con fervor, deseamos y, tristes de nosotros, sabemos que nunca podremos tener. Ho detto.

sábado, 26 de febrero de 2011

Delirios de una zorra existencialista


Medita cómo le ha engañado la Prudencia,
cómo confiaba en ella siempre - qué demencia-,
que le mentía: "Mañana que hay tiempo bastante."

CAVAFIS, Poesía Completa.

Leyendo el pasaje anterior, esta tarde me he puesto a llorar. Ha empezado flojito, como si orballase, pero luego ha arreciado, convirtiéndose en un llanto persistente. Las lágrimas corrían como si de un gran chorro se tratase. Era imparable. Tchaikovsky y su trío para piano no contribuyeron a mejorar nada. Después, la muerte de Violeta en La Traviata me hundió bajo una losa de melodrama. Era como un nudo que cuanto más te empeñas en desenredar, más enredado se torna.

Y todo por qué, sólo bastó una frase, "Mañana que hay tiempo bastante". En ella está la raíz del problema, la Prudencia, un monstruo de tres cabezas, y el futuro, siempre incierto. En lo que llevo de vida siempre he tenido la prudencia de preocuparme de qué voy a hacer mañana, de qué voy a ser mañana y de cómo conseguirlo. Ahora, por el contrario, estoy en un momento en el que no sé qué voy a hacer, en el que no sé qué quiero ni cómo conseguirlo. Siempre ha sido una etapa tras otra y ahora solo me queda el vacío. Y el vacío no es para mi sublime, como en un cuadro de Friedrich, es agobiante, como en una novela de Camus. Sí, queridos míos sí, hoy soy la zorra existencialista. Todo muy años cuarenta.

Menos mal que luego una persona muy especial me ha salvado. Me ha recordado que, a pesar de todo, todavía conservo cosas buenas y que mejores están por llegar. A ello trato de agarrarme. Sin embargo necesito que todo vuelva a rodar, poder volver a rodearme de cosas hermosas y volver a la vitalidad de antaño. ¿Dónde está mi yo mordaz? ¿A dónde se ha ido mi sarcasmo? El tiempo lo ha barrido todo, lo ha consumido.

viernes, 25 de febrero de 2011

Dos despropósitos y una tarta de Balaguer


Queridos míos, llevo una época en la que no hago más que contaros desgracias. Que si la chacona me hace llorar, que si San Valentín me deprime, que si Fernando me hace esto o aquello. ¿Dónde ha quedado mi yo frívolo? Ahora sólo soy un patético ganso histérico, que hace de este espacio el catálogo de sus graznidos. Sé que debo revelarme contra eso, pero no soy capaz. Hoy he intentado escribir un texto frívolo. He fracasado dos veces. Os explico los intentos. Así podréis hacer escarnio de mi triste persona y maldición de mi escuálido intelecto.

Primero, he intentado hablar de mi afición a las cosas buenas. Sin embargo, la triste casualidad hace que las cosas buenas tengan, por fuerza, que ser caras. De todas formas, una vez que uno prueba una onza de chocolate Valrhona, una galleta de Jules Destrooper o una copa Oporto añejo, no percibe el mundo de los sentidos de la misma manera. Y lo mismo pasa con la ropa, la cosmética, el ocio y un infinito etcétera. En ese bucle es muy fácil entrar, pero harto complicado salir. Es el infierno del buen gusto.

Después del despropósito anterior, he intentado hablar de la primavera. Sí, queridos míos. Febo, montado en su cuádriga generadora de cálido estío, ha decidido posarse sobre la Villa y Corte. Con él, además de mis horteras imágenes mitológicas, han llegado los largos paseos y las animadas conversaciones. También ha llegado la esperanza de que la primavera climática traiga consigo una primavera sentimental. Vamos, que estoy dispuesto a meterme en una nueva cárcel de amor. Cuánto daño me han hecho Diego de San Pedro y la novela sentimental...

Como conclusión, creo que ambos despropósitos tienen algo en común. Y es la búsqueda de algo que compense mi depresión post-universitaria. Después de estos meses tan duros, de pérdidas y desengaños, creo que me merezco algo hermoso a cambio. La hermosura la busco en lo delicioso, pero también en el primaveral calor del cariño. Me he convertido de nuevo en una tarta de crema, pero no en una de pastelería de barrio. No. Señores, están ustedes ante una tarta de Oriol Balaguer. La alta repostería se hizo carne y habita entre nosotros.

jueves, 17 de febrero de 2011

Dicha en la venganza


- Es curioso...
- ¿Qué es lo que te suscita tanta curiosidad?
- El estado lamentable en el que has acabado, Fernando.
- ¿Lamentable?
- Sí, estás como yo hace tiempo, enamorado, perdido. Es muy gracioso
- Ahora vienes a regocijarte en mi desgracia.
- No, Fernando. Sólo diré que la venganza es algo muy dulce y yo me estoy empalagando.
- Eres cruel.
- Nuestros diálogos se han tornado. No me hagas reír, Fernando. Te están haciendo lo que te mereces. Te están haciendo pasar por lo mismo que me hiciste tú pasar a mi.
- Te hice sufrir...
- Sí, Fernando, me hiciste sufrir. Sin embargo, ver que eres humano, ver que estás sufriendo tu ahora, me hace levitar de puro placer. Ahora sabrás qué es jugar a los amores desiguales.
- ¿Desiguales?
- Desiguales. En los que uno se enamora y el otro se burla. Son muy recomendables para los de tu especie.
- Te burlas.
- No me burlo de vosotros. Después de hacerme reír, acabáis por darme un poco de lástima. De tanto jugar a los títeres, al final, os acabáis enredando con las cuerdas. ¿Podrás tú escapar de los nudos?

lunes, 14 de febrero de 2011

De bombones, rosas y corazoncitos


Todos sabemos que los romanos constituían un pueblo muy especial. Y es que el afán por los banquetes pantagruélicos y el gusto por los espectáculos sangrientos son buenos cimientos para cualquier civilización que se precie. Sin embargo, en muchas ocasiones, sus errores fueron capitales. Y claro, de aquellos polvos han devenido estos lodos.

Uno de los momentos más críticos para la posteridad tuvo lugar el 14 de febrero del año 269. En esa fecha el emperador Claudio II, muy aficionado al comercio, al bebercio y a la engorrosa tarea de matar godos, alamanes y vándalos, decidió dar martirio al monje Valentín. Todo por que el buen hombre había tenido la feliz y conservadora idea de casar a los soldados, desafiando una insignificante orden imperial. Sí, todo muy católicamente decente

Esa transgresión le costó cara a Valentín y ha sido gravosa también para el resto de los mortales. En el siglo V, el monje es canonizado por la Iglesia Católica y, más o menos, desde el siglo XIV, se viene asociando la fiesta de este santo al Amor, sujeto despreciable donde los haya. A partir de entonces, la publicidad nos tortura, dándonos a entender que poco hacemos en este mundo si no tenemos a alguien a quien regalar bombones, rosas o cualquier objeto con forma de corazón. A pesar de ello, quien os escribe, se rebela. Prefiero comerme yo mismo los bombones, deshojar las rosas rojas y rasgar los corazones. Bueno, no. Lo último, no. Engorrosamente sesudo, el imperativo categórico lo impide.

domingo, 13 de febrero de 2011

Omnia vincit tempus



Nos ha vencido el tiempo.
La belleza se ha consumido.
Sólo queda desengaño,
Cruel.

...


Rebecca Bottone
Paul McCresh
Gabrieli Consort & Players



"Pure del Cielo intelligenze eterne,
che vera scuola a ben amare aprite,
udite, angeli, udite il pianto mio,
e se la Verità dal Sole eterno
tragge luce immortale, e a me lo scopre,
fate che al gran desio rispondan l'opre.

Tu del Ciel ministro eletto
non vedrai più nel mio petto
voglia infida, o vano ardor.
E se vissi ingrata a Dio,
tu custode dei cor mio
a lui porto il nuovo cor."

jueves, 10 de febrero de 2011

Chacona



Me persigue, desnuda y trágica.


...


Johann Sebastian Bach, Partita para violín solo nº 2, en re menor, BWV 1004, "chacona".
Nathan Milstein.


miércoles, 2 de febrero de 2011

Imperativos kantianos


En su Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), Immanuel Kant intenta construir una ética autónoma, independiente de cualquier sustrato teológico. Una ética basada en la pura razón y, por tanto, universal. Ella descansa en lo que el prusiano llamó imperativo categórico. Éste se basa en tres premisas. La más impresionante es la segunda, "obra de tal modo que trates a la humanidad (...) siempre como un fin y nunca solamente como un medio". Kant quiere decir que los hombres no somos instrumentos, caminos para lograr algo, sino seres autónomos y merecedores de un trato digno.

Cada vez que conozco a alguien nuevo o cambia mi relación con una persona de mi entorno, intento tener presente esa premisa. ¿Lo estaré utilizando contra algo o contra alguien? ¿Intento obtener algún beneficio de él? ¿Le quiero realmente o sólo busco sentirme querido o peor, deseado? Son preguntas fundamentales, aunque, sin hacer un ejercicio de abstracción, difíciles de contestar.

Ante lo anterior, sólo caben dos vías, o respeto el imperativo categórico o no lo hago. En el primer caso, todo es perfecto, estoy obrando bien. Sin embargo, en el segundo, ¿qué he de hacer? ¿He de continuar con mi comportamiento inmoral, con el afán de no hacer daño a esa persona? ¿Debo desvelar mis sentimientos reales y así respetar la norma? Ahora que lo pienso, la respuesta es obvia. Hemos de respetar la dignidad de los demás como único medio de afirmar nuestra propia dignidad. ¡Alabado sea Kant!

domingo, 23 de enero de 2011

Consejos maquiavélicos


Nicolás Maquiavelo, padre de la teoría política moderna, consideraba a César Borgia el prototipo de príncipe. Todo ello porque, a fuerza de combinar virtud con malas artes, había conseguido gobernar media Italia. Sin embargo también supo dar con el defecto que provocó su caída en desgracia y su triste muerte en el asedio de Viana. Y es que el mayor de los Borgia dependía de un poder ajeno a sí mismo y tremendamente voluble, la Iglesia. Así, la muerte de su padre, el papa Alejandro VI, significó su propia muerte política. Giuliano della Rovere, que odiaba a los Borgia, se convirtió en Julio II y, en unos días, César lo perdió todo. Fama, respeto, fortuna... Se escaparon como nubes impulsadas por el viento.

Si trasplantamos la anterior historia al plano afectivo, obtenemos una valiosa lección. Así como es bueno obtener gloria, poder y privilegios; también lo es conseguir amor, cariño y requiebros. Incluso, para algunos, el asedio de Amor es peor que el cerco a Viana. El problema es cuando no sólo asediamos a Amor, sino que nos damos cuenta que nuestra vida no tiene sentido sin esa lucha. Es entonces cuando dependemos del objeto amado. Luego, inevitablemente, nos pasa lo que a César Borgia; perdemos el asedio y nos matan vilmente en un descampado, despojándonos hasta de la ropa y lo peor, despojándonos de la dignidad.

De todo este embrollo pseudohistórico-literario, podemos sacar que, a pesar de que, como hombres, estamos condenados a vivir en sociedad, es imprescindible conservar nuestra individualidad. Y, sobre todo, evitando el anterior ejemplo, debemos conseguir que nuestra felicidad emane de nosotros mismos y no dependa exclusivamente de circunstancias o voluntades ajenas. Sí, la zorra filosófica dixit.


lunes, 29 de noviembre de 2010

La intermitencia de la moral


El liberalismo clásico, fruto de las mentes de grandes genios como Jean-Jacques Rousseau, John Locke o Adam Smith, parte de que, para lograr un Estado eficaz, las leyes han de ser pocas y comprensibles por todos. Únicamente con un estado pequeño, el individuo podrá ser realmente libre. Como dicen los teóricos, "Laissez faire, laissez passer".

Quien os escribe, al igual que los sabios de la Ilustración, prefiere guiarse por pocas normas. Eso no quiere decir que uno carezca de principios o de moral, sino que es de la opinión de que sólo guiándose por pocos preceptos, logrará cumplirlos todos. Gran falsedad. Y digo gran falsedad porque, en determinadas ocasiones, mis escasas reglas se tornan más pesadas que el Código Civil. ¿Qué hago entonces? ¿Hago una excepción o pierdo la oportunidad?

De momento, teniendo en cuenta que son pocas las oportunidades que se presentan, prefiero hacer una suspensión de la moral y crear mi propio estado de excepción. Al fin y al cabo, mientras no se haga daño a nadie, no hemos de ser siervos de la moral, sino que ésta debe estar a nuestro servicio. Aún así, siempre es terrible, a la par que admirable, ver como nuestros viscerales sentimientos se mezclan con la prístina claridad de nuestras ideas. Aquí es cuando la frase "El corazón ha de ser el mediador entre la mano y el corazón" cobra sentido. Los sentimientos siempre se cuelan en la relación entre la razón y los actos. Triste ménage à trois...