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lunes, 5 de diciembre de 2011

Contra la ambición


La mitología esta llena de personajes que, presa de su desmedida ambición, acaban sufriendo la peor de las caídas. Ícaro, por querer alcanzar el sol, murió ahogado en el fondo del océano. Faetón, por querer dirigir el brillante carro de Febo, pereció despeñado. Prometeo, por desafiar a los dioses, acaba encadenado y sometido a un eterno martirio. Querer alcanzar lo inalcanzable y ser castigado. Muy edificante.

Yo, como los mitos clásicos, también me veo sacudido de vez en cuando por la ambición. Quiero tenerlo todo. Un buen trabajo, una buena casa y mil cosas hermosas. A veces pienso que, a fin de conseguir eso, estoy dispuesto a hacer lo que sea. Materialista me llaman, yo me río. Sin embargo, a veces me pregunto de qué sirve el dinero si no tienes con quien gastarlo, de qué sirve un precioso piso si nadie te visita, de qué sirve tener cosas hermosas si no tienes con quién compartirlas. Y entonces me doy cuenta de que mi ambición es algo egoísta e inútil. Los ambiciosos, en su afán de resaltar su propia individualidad, acaban solos.

No obstante, lo anterior no quita que uno no deba luchar por lo que quiere, aunque siempre con mesura. Aurea mediocritas. Hay que considerar si lo que uno quiere compensa a aquello que pierde para conseguirlo. Da miedo apostar cuando sabes que tienes que perder. Da miedo subir mucho, sabiendo que desde muy arriba puedes caer.

domingo, 6 de marzo de 2011

Pérdida


Esta mañana dos amigos han dejado de serlo. No hubo discusión alguna, ni gritos, ni lágrimas. Cada uno seguía sintiendo cariño por el otro. Simplemente, uno de los dos no pudo seguir con la amistad. Compartir parte de su vida con el amigo le hacía feliz y, a la vez, tremendamente desgraciado. Porque la infelicidad pesaba más, aquel decidió romper. Por cobardía, valientemente... Poco importa.

Vimos a los dos amigos, explicando uno y tratando de comprender el otro por qué habían acabado así. Los vimos después despidiéndose, abrazados, deseándose cosas bonitas.
- Cuídate, cuídate mucho.
- Lo haré.
- Si me necesitas, ya sabes dónde buscarme.
- No me mires así, por favor.
- ¿Cómo quieres que no te mire así?
- No me mires así o acabaré por echarme a llorar. Ve, ve, por favor.

Vimos, finalmente, como uno de ellos se quedaba mirando al otro que, cabizbajo, se iba alejando. Hasta que la ciudad, grande y fría, lo hizo desaparecer.



jueves, 6 de enero de 2011

Habría que pensarlo


- ¿Qué tal estás?
- Estoy triste, Fernando.
- Triste... ¿Por qué?
- Estoy triste porque yo estoy enamorado de ti, tú sigues enamorado de Jacobo y la vida es una mierda.
- Lo sabías desde el principio.¿No es cierto?
- Es cierto; me habías avisado. No estoy enfadado contigo, Fernando, solo conmigo. Yo me he dejado caer y ahora todo ha terminado. Me he estrellado contra el suelo.
- ¿Todo ha terminado?
- Sí. Me he enamorado de ti y ahora estoy sufriendo. Sufro cada vez que te vas por las mañanas, dejando únicamente tu olor en mis sábanas. Me muero de frío.
- Entonces, ¿qué propones? ¿Qué quieres hacer?
- Creo que, por un tiempo, tenemos que dejar de vernos, Fernando. Necesito asumir que no me quieres y convencerme de que solo seremos amigos.
- En otra ocasión, un chico, como tú, me dijo eso. No volví a saber más de él. Y ahora lo mismo contigo ¿Por qué?
- Todo eso pasa porque no somos adultos, Fernando. Somos como niños. Después de jugar, siempre acabamos tirándonos de los pelos.
- Es posible. No lo sé, habría que pensarlo.