Una palabra define mi día, hartazgo. Harto de los despertadores, del trabajo, de los horarios, de las quejas, de las reclamaciones, de las protestas, de las sugerencias, de la gente en general, de la clientela en particular, de las pijas, de los pijos, de los barriobajeros, de los incultos, de los imbéciles, de los que resucitan y de los que mueren. Paciencia. De la ciudad, de la navidad, de las fiestas, de las luces, del tráfico, de los paraguas, de la lluvia, del barro, de los golpes, de los adolescentes que tocan a mi timbre, del ascensor, de la bicicleta, del ordenador, de la lavadora. Respiro. Harto del dolor de cabeza, del dolor de garganta, del dolor de pies, de los bollos que le salen a los jerseys, de los zapatos que se estropean, de las zapatillas que sé que no me voy a comprar, de los regalos que no me haré. Tranquilo. Harto de las fregonas, los estropajos, la lejía, de la lista de cosas sin hacer, de la lista del supermercado, de la colada, de mi menú semanal, de las compañeras que se pasan una hora en la ducha y malgastan el gas. Calma. Harto del gas, de la factura de la luz, de la factura del teléfono, de la renta que hay que pagar, de lo que queda de mi sueldo a final de mes. Es así. Harto de los compromisos, del ocio que se convierte en negocio, las citas, la vida en sociedad, la sociedad, el mundo en general. Tiempo.
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viernes, 16 de diciembre de 2011
miércoles, 19 de octubre de 2011
La crueldad de los aniversarios

Siempre que escucho el Trío para piano de Claude Debussy me acuerdo de ti. Tú me lo mostraste un día en casa. ¿Lo recuerdas? Nos pasábamos un buen rato escuchando música antes de ir a dormir. Al principio, la pieza no me gustó mucho. Conviene escucharla solo, es íntima, muy ligera y, sobre todo, delicada. Es la composición de un adolescente que despierta a la vida. ¿Sabías que Debussy la compuso con dieciocho años?
La ilusión y brillantez del primer movimiento me hace recordar la noche en que nos conocimos. Hoy se cumple un año. Allí estabas tú con un trench beige, esperándome a la entrada del Retiro. Me pareciste encantador. Luego empezaste a hablar y lo confirmaste. Encantador. Fue una conversación larga y deliciosa. Incluso que me robasen la bicicleta esa misma noche no disminuyó mi gozo. Había encontrado a mi ideal. Un muchacho culto, elegante, educado... Había conocido a un artista.
Sin embargo pasó el tiempo y llegó el desengaño. El chico encantador resultó ser una culebra. Yo estaba enamorado de ti y tú lo sabías. Me hacías ilusiones, luego te apartabas y vuelta a empezar. Tu me torturabas y yo me dejaba torturar. Cada día me hacías sentir más pequeñito, más mediocre, más triste. Cuantísimo daño me hice por tu culpa.
Ha pasado un año y todavía sigo pensando en ti. Siempre tan juicioso, me lo advertiste la mañana en la que te dije que no quería verte más. Te quise mucho, pero ya no te quiero. Simplemente, al pensar en ti, siento pena. Si no hubieses sido tan frío y cruel, habríamos sido muy felices. En fin, el tiempo ha pasado y todo lo que no me dabas tú lo he encontrado en otra parte. Él no toca a Bach, pero tiene más corazón. Eso que tú nunca utilizaste conmigo.
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aniversario,
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Fernando,
infortunios,
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sábado, 23 de julio de 2011
Andreas, ¿por qué me haces llorar así?
- Ahora engañas a Bach con Purcell. Menudo pájaro estás hecho.
- Creo que con Bach ya he llorado bastante, Fernando.
- Qué trágica que estás hecha, cómo si llevases una vida horrorosa...
- Horrorosa no, vacía quizá.
- Y ahora me dirás que está vacía porque ni yo ni mi violín del siglo XVII te acompañamos.
- No es eso, Fernando. Tú ya me das un poco igual.
- ¿Igual? Sabes que eso no es cierto. ¿De dónde viene esa melancolía, si no? ¿No me dirás que es todo por un martillo neumático y un destructor de papel?
- No, simplemente es porque pensaba que, después de una cosa muy mala, vendría algo muy bueno.
- La zorra estúpida y su teoría del equilibrio cósmico. ¡Qué desgracia de ilustración la tuya!
- Desgracia, sí. Desgracia no compensada.
- Nada compensa las desgracias, bien lo sabes. El día que me conociste te robaron una bicicleta. Pensaste que te llevarías algo a cambio y ya ves... Al final te quedaste sin bicicleta, sin mi y sin una chacona antes de dormir.
- Sí, al final siempre me quedo sin nada.
Henry Purcell, "O solitude, my sweetest choice", Z 406
Andreas Scholl
Accademia Bizantina
Stefano Montanari
jueves, 21 de julio de 2011
Días destructivos

Hay días que son una verdadera cadena de infortunios. Hoy, triste y desgraciado de mi, he vivido uno de ellos. Todo empezó bien temprano, a las ocho de la mañana. Un martillo neumático me sacó de mi plácido y breve sueño. Empecé el día maldiciendo mi suerte y a los obreros que todas las mañanas, desde hace una semana, me despiertan de la más terrible de las maneras, en medio de un terrible estruendo. Los métodos de ocupación laboral soviética, abrir zanjas para cerrarlas y, al punto, volverlas a abrir, han llegado a la Corte.
Mi infortunada jornada continuó en la galería de arte en la que asisto por la mañana. Había que destruir unos papeles. Para ello, hay que utilizar la destructora de papel, máquina cruel e irracional, pero juguetito preferido del jefe. Y cómo no, yo, que tan bien me llevo con las tecnologías, destruí la destructora. Cruel paradoja. Toda la mañana se me fue en intentar arreglar el desaguisado que había provocado. Inútil. La torpeza es un defecto que nunca me abandonará.
Por la tarde, mi trabajo alimenticio se me hizo todavía más tedioso que de costumbre. Las cosas que hay que hacer para poder comer. Estoy harto de Isidoro Álvarez, de las señoras y sus problemas con las lavadoras, de los morosos, los quejumbrosos, los indignados y de todo ese ambiente gris y mediocre. Creo que, a fuerza de estar trabajando ahí, siendo ya un tanto gris, me estoy volviendo también mediocre. Vamos una cosa terrible. Además, horror, horror, creo que estoy engordando y me estoy poniendo horrible. Y no, me niego a volver a mi anterior estado como foca marina. En fin, creo que hoy lo veo todo un poco negro. Menos mal que Purcell, tan británico y barroco, me acompaña en mis lamentos.
Henry Purcell, Dido and Aeneas, Z 626, "Dido's lament"
Malena Ernman
Les Arts Florissants
William Christie
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