Mostrando entradas con la etiqueta Fernando. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de octubre de 2011

La crueldad de los aniversarios


Siempre que escucho el Trío para piano de Claude Debussy me acuerdo de ti. Tú me lo mostraste un día en casa. ¿Lo recuerdas? Nos pasábamos un buen rato escuchando música antes de ir a dormir. Al principio, la pieza no me gustó mucho. Conviene escucharla solo, es íntima, muy ligera y, sobre todo, delicada. Es la composición de un adolescente que despierta a la vida. ¿Sabías que Debussy la compuso con dieciocho años?

La ilusión y brillantez del primer movimiento me hace recordar la noche en que nos conocimos. Hoy se cumple un año. Allí estabas tú con un trench beige, esperándome a la entrada del Retiro. Me pareciste encantador. Luego empezaste a hablar y lo confirmaste. Encantador. Fue una conversación larga y deliciosa. Incluso que me robasen la bicicleta esa misma noche no disminuyó mi gozo. Había encontrado a mi ideal. Un muchacho culto, elegante, educado... Había conocido a un artista.

Sin embargo pasó el tiempo y llegó el desengaño. El chico encantador resultó ser una culebra. Yo estaba enamorado de ti y tú lo sabías. Me hacías ilusiones, luego te apartabas y vuelta a empezar. Tu me torturabas y yo me dejaba torturar. Cada día me hacías sentir más pequeñito, más mediocre, más triste. Cuantísimo daño me hice por tu culpa.

Ha pasado un año y todavía sigo pensando en ti. Siempre tan juicioso, me lo advertiste la mañana en la que te dije que no quería verte más. Te quise mucho, pero ya no te quiero. Simplemente, al pensar en ti, siento pena. Si no hubieses sido tan frío y cruel, habríamos sido muy felices. En fin, el tiempo ha pasado y todo lo que no me dabas tú lo he encontrado en otra parte. Él no toca a Bach, pero tiene más corazón. Eso que tú nunca utilizaste conmigo.


sábado, 23 de julio de 2011

Andreas, ¿por qué me haces llorar así?

- Ahora engañas a Bach con Purcell. Menudo pájaro estás hecho.
- Creo que con Bach ya he llorado bastante, Fernando.
- Qué trágica que estás hecha, cómo si llevases una vida horrorosa...
- Horrorosa no, vacía quizá.
- Y ahora me dirás que está vacía porque ni yo ni mi violín del siglo XVII te acompañamos.
- No es eso, Fernando. Tú ya me das un poco igual.
- ¿Igual? Sabes que eso no es cierto. ¿De dónde viene esa melancolía, si no? ¿No me dirás que es todo por un martillo neumático y un destructor de papel?
- No, simplemente es porque pensaba que, después de una cosa muy mala, vendría algo muy bueno.
- La zorra estúpida y su teoría del equilibrio cósmico. ¡Qué desgracia de ilustración la tuya!
- Desgracia, sí. Desgracia no compensada.
- Nada compensa las desgracias, bien lo sabes. El día que me conociste te robaron una bicicleta. Pensaste que te llevarías algo a cambio y ya ves... Al final te quedaste sin bicicleta, sin mi y sin una chacona antes de dormir.
- Sí, al final siempre me quedo sin nada.




Henry Purcell, "O solitude, my sweetest choice", Z 406

Andreas Scholl
Accademia Bizantina
Stefano Montanari

miércoles, 15 de junio de 2011

Higiene mental y empalago emocional


Procuro salir a correr cada día. No sólo por deporte y para mantener la figura, cosa muy necesaria en estos tiempos, sino también por higiene mental. Sí. Con un rato corriendo por el parque, consigo que mi cabeza se vacíe de todo el agobio acumulado durante el día y logro, al fin, razonar con un poco de cordura. En muchas ocasiones, las más, hago balance, pienso qué es bueno y qué lo malo que he hecho en todo el día. Otras veces hago previsión, pienso en qué debería hacerse al día siguiente. Finalmente, en algunas ocasiones, las menos, me dejo ir. Esos días me fijo en alguien, en cualquiera, e imagino quién es, cómo vive, qué inquietudes tiene, qué deseos.

Ayer fue una de esas raras veces en las que se dio la última opción. Como dice la protagonista de Desayuno con diamantes, yo había tenido un día rojo. Una de esas jornadas en las que piensas que mejor hubiese sido no haberse levantado de la cama. A pesar de ello, haciendo acopio de moral, decidí salir a correr por el Retiro. Cuando ya estaba acabando el recorrido, me fijé en dos chicos. Acaban de llegar de patinar. Tendrían veintiuno o veintidos años, ambos muy monos, delgaditos, con media melena oscura, sonrientes. Los dos estaban peleando, pero no con afán de hacerse daño, sino con el deseo de tocarse, de estar juntos. Era una cariñosa lucha entre risas. Más tarde, volviendo yo a casa, los encontré al lado de la boca del metro, alternando sonrisas y besos. Todo edulcoradamente delicioso.

Al rato, comencé a imaginar cómo se habían conocido, cuánto tiempo llevaban juntos y si ya se habían dicho "te quiero" uno al otro. Intenté proyectarme en ellos y, sin poder evitarlo, apareció el gusanillo de la envidia. A mi también me gusta que me digan cosas bonitas, que me besen a la entrada del metro y poder decir que quiero a alguien. Esos dos chicos eran el ideal que cualquier zorra sentimentalista y romanticona quisiera vivir. Eran el ideal que todo buen Fernando podría representar.

domingo, 1 de mayo de 2011

Ideas impertinentes


- Sabes que Bach te hace recordarme.
- Sus variaciones me recuerdan a ti y me ayudan a dormir.
- Las Variaciones Goldberg se compusieron en 1741 para ayudar a dormir a un conde.
- Lo sé, Fernando.
- Tú, mi pequeño histérico, no eres un conde. Eres sólo un simple.
- Otra vez... ¿Por qué no te olvidas de mi?
- Creo que deberías invertir la pregunta. ¿Por qué tú no te olvidas de mi?
- Yo intento olvidarme de ti, trabajo en ello todo el tiempo, Fernando.
- ¿Pero?
- Pero apareces todo el rato. Cuando suena Bach, Tchaikovsky o Strauss, ahí estás. Escondido detrás de toda la música que escuchamos juntos, detrás de cada cosa que aprendí de ti.
- Y entonces recuerdas mis caricias, mis abrazos y mis besos. Sí, ya me sé todo ese cuento. Quizá deberías dejar a Bach y todas esas ensoñaciones de zorra sentimentalista. Sin duda harías dormir al conde, eres tedioso.
- Tus caricias fueron cortas, tus abrazos débiles y tus besos fingidos. No hay mucho que recordar. Al fin y al cabo, nunca has existido realmente. Te idealicé, eres sólo el sueño de un idiota, una triste idea.
- Una idea que te atormenta.
- Un tormento de idea, Fernando.

domingo, 3 de abril de 2011

Sentado en la tribuna





Por primera vez, he sido yo quien te ha visto desde arriba. Sí, desde una tribuna. Estabás más guapo, más delgado, pero más guapo. Tienes de comer más, Fernando, de lo contrario no va a haber quien te quiera. El pelo más corto te favorece mucho, aunque te has pasado con la cera. Siempre lo haces. Yo, como un tonto, te ayudaba a lavarte la cabeza, te acercaba la toalla y, con brío, te secaba los cabellos. ¿Lo recuerdas? Al final, como en todo, yo era el único que acababa empapado.

Me preguntas qué he sentido al volver a verte. Nada. Bueno, no voy a mentir. Algo de nostalgia. De vez en cuando, te echo de menos. Más de lo que quisiera. Aunque una parte de mi piensa lo contrario, la otra, la buena, se alegra de que seas feliz. Me duele que no hayas querido ser feliz conmigo. No quisiste, ¿qué he de hacer? Recordé la primera vez que nos vimos en esa misma tribuna. Beethoven sonaba. Cuántas cosas han pasado desde entonces y cuánto daño me he hecho.

Hiciste que aprendiese tantas cosas... Tchaikovsky, Prokofiev, Brahms y Strauss ya no son los mismos. Y, Bach, sobre todo Bach, y su chacona, desnuda y trágica. La chacona de mi desgracia. Ya lo ves, por lo menos, no me pasa como Andrea, la protagonista de Nada, el libro que nunca me dedicaste. Yo puedo decir que he sacado algo, más que un recuerdo.

Felices veintitrés, Fernando, te seguiré viendo, aunque sea de lejos, en una cómoda tribuna.

martes, 29 de marzo de 2011

Autocomplaciente envidia


- Eres débil.
- ¿Otra vez así, Fernando?
- Eres débil. No has podido deshacerte de mi.
- Te había hecho desaparecer. Aquel domingo dije que no quería verte más. ¿Lo recuerdas?
- Débil y mentiroso. No te has deshecho de mi todavía. Sigues leyendo lo que escribo. La envidia va a matarte.
- Envidia... ¿Quién no envidiaría el allegretto que es ahora tu vida? ¿Quién no suspiraría por esos ojos verdes, que ahora te miran? Es difícil no sentirse desgraciado ante tamañas oleadas de edulcorada felicidad.
- Ése es tu problema, triste y pequeño histérico, la envidia es el motor de tu pobre existencia.
- Tu motor es es la autocomplacencia, bien lo sabes Fernando.
- Lo sé. Pero, por lo menos, mi autocomplacencia no provoca la frustración a la que tu estás sometido.
- ¿Frustración? Fernando, no me hagas reír. ¿Por qué iba yo a estar frustrado?
- Porque nunca consigues lo que quieres. Te paseas imitando a tus anticuados modelos, actuado como si fueses culto y refinado. Todo para esconder tu simpleza y mediocridad
- Simpleza y mediocridad. Es triste, Fernando. Ni Freud y Jung juntos hubiesen llegado a tan brillante conclusión. Un potosí ha perdido el psicoanálisis.
- No te defiendas ahora con sarcasmos. Sabes que es patético.
- ¿Qué otra cosa me queda ahora?
- Llorar, llorar por aquello que quieres y que se aleja. Eso es lo único que te va a quedar, siempre.

jueves, 17 de febrero de 2011

Dicha en la venganza


- Es curioso...
- ¿Qué es lo que te suscita tanta curiosidad?
- El estado lamentable en el que has acabado, Fernando.
- ¿Lamentable?
- Sí, estás como yo hace tiempo, enamorado, perdido. Es muy gracioso
- Ahora vienes a regocijarte en mi desgracia.
- No, Fernando. Sólo diré que la venganza es algo muy dulce y yo me estoy empalagando.
- Eres cruel.
- Nuestros diálogos se han tornado. No me hagas reír, Fernando. Te están haciendo lo que te mereces. Te están haciendo pasar por lo mismo que me hiciste tú pasar a mi.
- Te hice sufrir...
- Sí, Fernando, me hiciste sufrir. Sin embargo, ver que eres humano, ver que estás sufriendo tu ahora, me hace levitar de puro placer. Ahora sabrás qué es jugar a los amores desiguales.
- ¿Desiguales?
- Desiguales. En los que uno se enamora y el otro se burla. Son muy recomendables para los de tu especie.
- Te burlas.
- No me burlo de vosotros. Después de hacerme reír, acabáis por darme un poco de lástima. De tanto jugar a los títeres, al final, os acabáis enredando con las cuerdas. ¿Podrás tú escapar de los nudos?

miércoles, 2 de febrero de 2011

Pequeñas crueldades

- No me hablas, no me llamas, no me escribes. No me quieres.
- Estás equivocado, Fernando. Eres tú quien no me quiere.
- Te echo de menos.
- ¿Me echas de menos? No me hagas reír. ¿Por qué me dices esto ahora?
- Porque es la verdad. Y tú también me echas de menos, lo sabes. Añoras mi calor, mis susurros, mis caricias y mis besos.
- Eres cruel.
- ¿Yo cruel? ¿No eres tu el que sale con Sebastián por venganza?
- Aquí no hay ánimo de venganza, Fernando.
- Yo te hice daño y tú, para resarcirte, quieres hacer a otro pedacitos. No puedes hacerlo. El imperativo categórico te lo impide.
- No sé que tiene que ver Kant en todo esto. Yo fui sincero con Sebastián, le dije la verdad desde el principio. Está de acuerdo.
- ¿Y qué te ha dicho? ¿Le compensa a él, como a ti te compensaba estar conmigo?
- Eres cruel de nuevo, Fernando. Déjalo ya.
- ¿Dejarlo? Cuanto más cruel soy, más te enamoras de mi. Eres estúpido.
- Sí, es una desgracia. Soy estúpido. Por eso estoy aquí, dándote la réplica. ¿Cuándo acabará este diálogo?

jueves, 6 de enero de 2011

Habría que pensarlo


- ¿Qué tal estás?
- Estoy triste, Fernando.
- Triste... ¿Por qué?
- Estoy triste porque yo estoy enamorado de ti, tú sigues enamorado de Jacobo y la vida es una mierda.
- Lo sabías desde el principio.¿No es cierto?
- Es cierto; me habías avisado. No estoy enfadado contigo, Fernando, solo conmigo. Yo me he dejado caer y ahora todo ha terminado. Me he estrellado contra el suelo.
- ¿Todo ha terminado?
- Sí. Me he enamorado de ti y ahora estoy sufriendo. Sufro cada vez que te vas por las mañanas, dejando únicamente tu olor en mis sábanas. Me muero de frío.
- Entonces, ¿qué propones? ¿Qué quieres hacer?
- Creo que, por un tiempo, tenemos que dejar de vernos, Fernando. Necesito asumir que no me quieres y convencerme de que solo seremos amigos.
- En otra ocasión, un chico, como tú, me dijo eso. No volví a saber más de él. Y ahora lo mismo contigo ¿Por qué?
- Todo eso pasa porque no somos adultos, Fernando. Somos como niños. Después de jugar, siempre acabamos tirándonos de los pelos.
- Es posible. No lo sé, habría que pensarlo.

martes, 4 de enero de 2011

Ensoñaciones de una tarta de crema revenida


Esta noche he soñado con Fernando. Sí, ha vuelto a pasar. Sonaba el primer movimiento del concierto para violín de Tchaikovsky y todo estaba pintado de azul, como si fuese el cielo de un cuadro de Velázquez. Fernando me besaba, con sus labios carnosos, y todo comenzaba a dar vueltas y más vueltas. Como veis, queridos míos, el sueño fue de folletín, de folletín de los peores. Estoy fatal. No sé qué opinaría el señor Freud de mis ensoñaciones de zorra solterona; ni qué opinaría el señor Mann de mi redundante lenguaje.

He soñado con Fernando y me he despertado y, en despertándome, me he dado cuenta que vale más la pena está dormido. Menos mal que siempre encuentro una salvación eventual. Un desayuno con Cuqui y la zorra pérfida, ambas arrecogidas en mi pequeño convento, devolvió a mi existencia la dosis necesaria de frivolidad. Sin embargo, el remedio es breve, de nuevo solo, no puedo sino continuar pensando en mi Fernando. Sí, otra vez. Me he despertado en el modo tarta de crema revenida. Patético romanticismo.

Total, me he despertado y sigo soñando con Fernando. El problema es que ya estoy harto de los sueños. Empiezo a cansarme de ellos y de mi ser poliédrico, a ratos, la zorra borracha; a ratos, el señorito frívolo, a ratos el perfecto muchacho provinciano y católico... Lo quiero todo a la vez. Quiero dejar de soñar y comenzar a tener; a mi Fernando, éxito personal, diversión, un piso en la calle Castelló... Lo quiero todo. Pero, por encima de todo, quiero volver a escribir textos dignos de ser leídos. Hoy, queridos míos, vuestra tarta de crema os suplica indulgencia. No da para más.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Cosas que son

- ¡Qué triste!
- ¿El qué es tan triste?
- Es triste, Fernando. Ahora te irás. Yo me quedaré aquí, sólo, oliendo la camiseta que te has dejado, mientras doblas la esquina y te pierdes en la ciudad.
- ¿Qué otra cosa podría pasar?
- Es cruel... Las camiseta y las sábanas me huelen a ti. Tengo mucho frío.
- Lo sabías desde el principio. Ambos lo sabíamos. Estábamos avisados.
- Es cierto, me habías avisado. No he podido evitarlo, Fernando. Me he dejado ir.
- ¿Qué podemos hacer? ¿A dónde quieres ir? Tú diriges.
- Es paradójico... En un símil musical, eres tu quien tiene batuta, partitura y me mira desde el podio.
- ¿Qué quieres entonces?
- Es ridículo... Quiero más.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Decálogo para un buen Fernando


1- Habrá de usar gafas de pasta, preferiblemente negras, aunque, en casos escogidos, se admitirá el rojo.

2- Será licenciado o similar, preferiblemente en letras. Un Fernando periodista será puesto en cuarentena. Un iletrado nunca podrá ser Fernando.

3- Dirá siempre lo que piensa. A los neuróticos e histéricos nos gusta contar con la mayor información posible.

4- Gustará de la buena lectura, no de autores de consumo. Con un libro de Acantilado o Pretextos bajo el brazo estará muy bien considerado.

5- Gustará de la buena música, sobre todo, de Bach, Mozart y Chopin. Si detesta a Wagner y Puccini tendremos mucho de lo que hablar

6- Gustará del arte. Si me lleva al Museo del Prado, me hará feliz. Si me lleva a una buena galería, seré suyo para los restos.

7- Vestirá bien. Con Zara y H&M se pueden hacer grandes cosas, no hay más que ver a quien os escribe... Si bien, una americana o unas zapatillas de El Ganso convertirían a Fernando en un ser delicioso.

8- Olerá bien. No me refiero a la higiene, cosa que se da por supuesta, sino a la prevención contra ciertos perfumes con los cuales mi hermosa nariz no se lleva bien. Fernando, oliendo a naranjas, estaría para comérselo.

9- No será especial comiendo. Gastronómicamente hablando, mis pequeñas zorras malpensadas. Yo todo lo hago rico y me gusta que Fernando deguste mis manjares. Y sigue sonando guarro, lo sé.

10- Será cariñoso. No cabe en mi cama un Fernando frío, un Fernando ausente y, menos, un Fernando castigador.

La difícil respuesta

- Fernando, ¿yo a ti te gusto?
- ¿Ahora me preguntas eso?
- ¿Cuándo si no? ¿Yo te gusto, Fernando?
- ¿Es que no lo sabes?
- No. ¿De otro modo, por qué te lo estaría preguntando?
- ¿Era lo que me querías preguntar anoche, tumbados sobre lo verde?
- ¿Tumbados sobre lo verde?
- Sobre la verde espesura. ¿No reconoce el esteta la metáfora?
- ¿Crees, Fernando, que estoy ahora para metáforas?
- ¿Para qué está pues mi vulnerable señorito?
- Estoy para obtener una respuesta. ¿Te dignarás a contestarme?
- ¿A qué quieres que te conteste?
- No juegues conmigo, Fernando. ¿Ha sido tan largo ya el diálogo? Quiero, de una vez, saber si si te gusto o si estás aquí por cortesía.
- ¿Por cortesía? ¿Por cortesía volvería yo el agua por ti?
- ¿Volvería el agua? ¿Una nueva metáfora? Acabaré por desistir de mi pregunta.
- ¿Desistirás? ¿Por qué será que lo dudo?
- ¿Te gusto?
- Me gustas. No hay más que preguntar.

martes, 27 de julio de 2010

Fernando se ha perdido o Las provincias

Fernando se ha perdido. Sí. El pobre no aparece, debió de haberse entretenido por ahí y ya no sabe volver a casa. Y es que mi Fernando debe ser como uno de esos señores, ya añosos, afectados del mal de Alzheimer. El problema es que a él, como nunca ha aparecido, no lo podemos identificar con una pulserita de plata, con mi número de teléfono detrás, ni escribirle una nota indicándole el modo de volver a casa. No, la pérdida de Fernando, por el momento, no tiene remedio. Es él y sólo él quien tendrá que decidir la ocasión propicia para volver.

Y mientras Fernando encuentra el camino y reflexiona, yo me divierto. En este sentido, podríamos titular este artículo con una paráfrasis de Víctor Hugo, Alois s'amuse. No sé qué tengo con Francia últimamente... Volviendo a la cuestión, el problema es que en provincias es difícil el entretenimiento. Sobre todo cierto tipo de entretenimientos, más propios de la capital, donde la gente tiene una mentalidad más abierta o, incluso, libertina. Y bien sabéis, sensatos lectores, que, para mentes cartesianas como la mía, lo libertino despierta toda clase de sentimientos encontrados y un gran atractivo. Sin embargo, aquí, en este pueblo en el que, por gracia o desgracia, he de pasar mi fecundo y nunca bien ponderado periodo descanso, el libertinaje está casi ausente o, por lo menos, se resiste a aparecer cuando uno más lo necesita.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que Fernando es todo un caballero, cortés, discreto y elegante. Todo ello está ausente en una pequeña villa de provincias. Y no digo que la gente no tenga gracia, que, desde luego, carece de ella, sino que no viste con la corrección necesaria para despertar la admiración y el deseo. Así, uno ha de enfrentarse a un desfile de marquesas de boas y guacamayos, chonis, quinquis, montunos y otra serie de tribus provincianas, nunca lo suficiente urbanizadas como para adquirir el adjetivo usado. Ante esto, ¿qué ha de hacer uno, acostumbrado a los aspirantes a Fernando de la capital? ¿Ha de ceder a los quinquis? ¿Ha de ceder a las marquesas guacamayóforas? Yo creo que, es está situación, es mejor seguir esperando, no vaya a ser que Fernando me pille en otros menesteres.

viernes, 28 de mayo de 2010

Incornazione alla francese

Ha sido una semana extraña; más extraña de costumbre. Primero, al borde del éxtasis; ahora, al borde del llanto. Como veis, puedo superar con creces los límites de lo kitsch. Me pierdo. La semana comenzó, paradójicamente, el martes pasado con una llamada de teléfono. Al parecer, Fernando se dignaba a presentarse. Una invitación y un beso nos pone a Fernando todavía más cerca. Mi incontinencia verbal regresaba. La increíble L'Incoronazione di Poppea y su duetto entre Nerone y Lucano, sometidos a Eros, que no a Amor, dotan a todo lo anterior de musicalidad y poesía. Como ellos, exulto y, en medio de mi exultación, me voy perdiendo. Y en perdiéndome, todo prosigue, deprisa, entre requiebros cruzados. Mi yo, más estúpido y ciego de lo habitual, se ilusiona. Me vuelvo a perder. Dura poco. Pronto salgo de mi bucle o, más bien, me sacan de él. Sabia decisión. Y aquí estoy de nuevo, escribiendo mientras escucho viejas canciones francesas. Lo kitsch y lo tópico vuelve a aparecer, yo sigo tan perdido y todo suena tan bien en francés. ¿Dónde se habrá metido Fernando?

miércoles, 26 de mayo de 2010

Varia


Mientras espero a mi Fernando, creo que escribir es una buena opción. Isabel nunca hubiese hecho lo mismo. Asesinar a tus hermanos y rechazar a cuatro pretendientes requiere mucho tiempo y esfuerzo. Por suerte o por desgracia, yo carezco de hermanos a los que envenenar y de pretendientes a los que rechazar. Por tanto, estoy libre de tan gravoso y terrible esfuerzo.

Como digo, a diferencia de nuestra "catoloquísima" reina, voy a ir cubriendo, año a año, mes a mes, semana a semana, día a día, entradas en este blog, que no será otra cosa que el catálogo de mis escasas gracias y mis abundantes desgracias. De esta manera, no me ceñiré, como es usual, a un tema determinado. No. Eso sería más provechoso para vosotros, sabio y prudente público, pero menos divertido para mi. Mi vida es varia, nada me es ajeno y todo me interesa. Todo; desde el bacilo de Koch a la catedral gótica. Variedad de abarcarlo todo y no apretar nada.

Veremos en qué deviene todo esto. ¿Permitirá mi escaso dominio de las nuevas tecnologías mantener este espacio? ¿Lograré que mis delirios os interesen? ¿Continuaréis leyéndome? ¿Quién sabe? A mi me encontraréis mientras aquí, esperando.