Mostrando entradas con la etiqueta provincias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta provincias. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de agosto de 2011

Juegos simbolistas


Los muchachos del norte somos, en general, muy ingeniosos. Debe de ser a causa de las largas tardes de lluvia. El aburrimiento agudiza nuestra razón, capaz de crear juegos lingüísticos acertadísimos e hirientes dardos dialécticos. Ayer sufrí o disfruté, según se mire, uno de estos juegos de palabras. A fin de desahogarme y entretener vuestras plácidas vidas, interrumpidas ahora por el descanso estival, os cuento un poco cómo fue la cosa.

Paseando iba yo, tranquilo, alegre, airoso, por un pequeño pueblo gallego. Me paró un muchacho moreno y de ojos verdes. Entre otras cosas, vino a decirme que yo era Arthur Rimbaud redivivo. La boca se me quedó abierta de par en par. "Hacía tiempo que no me dedicaban un requiebro tan galante", pensé. Con la mejor de mis sonrisas, seguí hablando y complaciéndome en el dulce asedio al que me humilde persona era sometida. Como sabéis, la vanidad es algo terrible y, a un tiempo, admirable.

Sin embargo, ya sólo, me di cuenta de que el muchacho me había llamado zorra moderna a la cara. ¿Es que tengo yo cara de enfant terrible? ¿Me está llamando gerontofílico? ¿Acaso me ha visto por la calle de Claudio Coello borracho de hachís y absenta? Más que dedicarse al inocente oficio del galanteo, el chicarrón del norte, me hizo el más ambivalente de los comentarios. Me llamó genio e infame a la vez. Demasiado para el frágil carácter y sano intelecto de quien os escribe. Sinceramente, hubiese preferido que me comparase con un modelo de Poussin o, para no salir del juego literario, con Lord Byron. Sin embargo, es el problema de las comparaciones, siempre son desafortunadas.

martes, 27 de julio de 2010

Fernando se ha perdido o Las provincias

Fernando se ha perdido. Sí. El pobre no aparece, debió de haberse entretenido por ahí y ya no sabe volver a casa. Y es que mi Fernando debe ser como uno de esos señores, ya añosos, afectados del mal de Alzheimer. El problema es que a él, como nunca ha aparecido, no lo podemos identificar con una pulserita de plata, con mi número de teléfono detrás, ni escribirle una nota indicándole el modo de volver a casa. No, la pérdida de Fernando, por el momento, no tiene remedio. Es él y sólo él quien tendrá que decidir la ocasión propicia para volver.

Y mientras Fernando encuentra el camino y reflexiona, yo me divierto. En este sentido, podríamos titular este artículo con una paráfrasis de Víctor Hugo, Alois s'amuse. No sé qué tengo con Francia últimamente... Volviendo a la cuestión, el problema es que en provincias es difícil el entretenimiento. Sobre todo cierto tipo de entretenimientos, más propios de la capital, donde la gente tiene una mentalidad más abierta o, incluso, libertina. Y bien sabéis, sensatos lectores, que, para mentes cartesianas como la mía, lo libertino despierta toda clase de sentimientos encontrados y un gran atractivo. Sin embargo, aquí, en este pueblo en el que, por gracia o desgracia, he de pasar mi fecundo y nunca bien ponderado periodo descanso, el libertinaje está casi ausente o, por lo menos, se resiste a aparecer cuando uno más lo necesita.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que Fernando es todo un caballero, cortés, discreto y elegante. Todo ello está ausente en una pequeña villa de provincias. Y no digo que la gente no tenga gracia, que, desde luego, carece de ella, sino que no viste con la corrección necesaria para despertar la admiración y el deseo. Así, uno ha de enfrentarse a un desfile de marquesas de boas y guacamayos, chonis, quinquis, montunos y otra serie de tribus provincianas, nunca lo suficiente urbanizadas como para adquirir el adjetivo usado. Ante esto, ¿qué ha de hacer uno, acostumbrado a los aspirantes a Fernando de la capital? ¿Ha de ceder a los quinquis? ¿Ha de ceder a las marquesas guacamayóforas? Yo creo que, es está situación, es mejor seguir esperando, no vaya a ser que Fernando me pille en otros menesteres.