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lunes, 14 de febrero de 2011

De bombones, rosas y corazoncitos


Todos sabemos que los romanos constituían un pueblo muy especial. Y es que el afán por los banquetes pantagruélicos y el gusto por los espectáculos sangrientos son buenos cimientos para cualquier civilización que se precie. Sin embargo, en muchas ocasiones, sus errores fueron capitales. Y claro, de aquellos polvos han devenido estos lodos.

Uno de los momentos más críticos para la posteridad tuvo lugar el 14 de febrero del año 269. En esa fecha el emperador Claudio II, muy aficionado al comercio, al bebercio y a la engorrosa tarea de matar godos, alamanes y vándalos, decidió dar martirio al monje Valentín. Todo por que el buen hombre había tenido la feliz y conservadora idea de casar a los soldados, desafiando una insignificante orden imperial. Sí, todo muy católicamente decente

Esa transgresión le costó cara a Valentín y ha sido gravosa también para el resto de los mortales. En el siglo V, el monje es canonizado por la Iglesia Católica y, más o menos, desde el siglo XIV, se viene asociando la fiesta de este santo al Amor, sujeto despreciable donde los haya. A partir de entonces, la publicidad nos tortura, dándonos a entender que poco hacemos en este mundo si no tenemos a alguien a quien regalar bombones, rosas o cualquier objeto con forma de corazón. A pesar de ello, quien os escribe, se rebela. Prefiero comerme yo mismo los bombones, deshojar las rosas rojas y rasgar los corazones. Bueno, no. Lo último, no. Engorrosamente sesudo, el imperativo categórico lo impide.

lunes, 24 de enero de 2011

Un picnic al pie de la cruz


En nuestra católica cultura, se considera la Pasión como la tragedia por antonomasia. Dios se hace carne con el estéril fin de salvar a los hombres. Estos, corruptos y envidiosos, acaban por asesinarlo en el peor de los tormentos posibles. Sólo hay que ver el famosísimo retablo de Grünewald para darse cuenta de la magnitud de la carnicería. Una obscena amalgama de gritos, sangre, sudor y miembros crispados. Un tratado estético del asco.

Pero lo peor de la tabla no es esa apoteosis de la casquería, sino el sujeto que lo observa. A la derecha, ajeno al llano, Juan el Bautista señala tranquilamente y dice "Illum oportet crescere, me autem minui". Ante la tragedia, el observador debe disminuir en importancia, cediéndole su peso a la fuerza de lo trágico. Así nos sentimos todos ante estas imágenes; pequeños, violentos, extraños.

Sin embargo, aunque el sujeto espectador disminuya, únicamente él da sentido al drama. Es el verdadero protagonista. Su impasibilidad contrasta con la violencia de la escena. Y es esa lucha de contrastes la que genera la terrible tragedia. Así, la crucifixión no sería la misma sin ese grupo de soldados que, jugándose los despojos, contemplan, burlones, la escena. No hay tragedia sin cronistas, sin artistas, en definitiva, sin gente que, una plácida tarde de primavera, sube a hacer un picnic al pie de la cruz.