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viernes, 5 de agosto de 2011

Juegos simbolistas


Los muchachos del norte somos, en general, muy ingeniosos. Debe de ser a causa de las largas tardes de lluvia. El aburrimiento agudiza nuestra razón, capaz de crear juegos lingüísticos acertadísimos e hirientes dardos dialécticos. Ayer sufrí o disfruté, según se mire, uno de estos juegos de palabras. A fin de desahogarme y entretener vuestras plácidas vidas, interrumpidas ahora por el descanso estival, os cuento un poco cómo fue la cosa.

Paseando iba yo, tranquilo, alegre, airoso, por un pequeño pueblo gallego. Me paró un muchacho moreno y de ojos verdes. Entre otras cosas, vino a decirme que yo era Arthur Rimbaud redivivo. La boca se me quedó abierta de par en par. "Hacía tiempo que no me dedicaban un requiebro tan galante", pensé. Con la mejor de mis sonrisas, seguí hablando y complaciéndome en el dulce asedio al que me humilde persona era sometida. Como sabéis, la vanidad es algo terrible y, a un tiempo, admirable.

Sin embargo, ya sólo, me di cuenta de que el muchacho me había llamado zorra moderna a la cara. ¿Es que tengo yo cara de enfant terrible? ¿Me está llamando gerontofílico? ¿Acaso me ha visto por la calle de Claudio Coello borracho de hachís y absenta? Más que dedicarse al inocente oficio del galanteo, el chicarrón del norte, me hizo el más ambivalente de los comentarios. Me llamó genio e infame a la vez. Demasiado para el frágil carácter y sano intelecto de quien os escribe. Sinceramente, hubiese preferido que me comparase con un modelo de Poussin o, para no salir del juego literario, con Lord Byron. Sin embargo, es el problema de las comparaciones, siempre son desafortunadas.

viernes, 8 de julio de 2011

Ansiadas vacaciones


Queridos míos, tened por seguro que daría una pierna, o las dos, por estar ahora mismo tirado en cualquier playa. Bueno, en cualquier playa no, en mi playa, con su arena blanca, el mar azul de la ría y todos sus divertidos atractivos. Cómo echo de menos no fijarme en el reloj, tener tiempo para leer, para escuchar música, para pasear o, simplemente, para abandonarme a la molicie. Sin embargo, qué terrible, no puede ser. Mi secuestro urbano está planeado hasta el día 31 de julio.

Secuestro urbano. Pensaréis, la zorra esta ha perdido el juicio, ¿no es ella, siempre tan pesada y machacona, la que no para de decir, con su aire pedante, lo bien que se lo pasa en su Corte? Sí. No os voy a quitar razón. No seré yo quien hable mal de la capital de nuestro reino. La Corte es fascinante de octubre a mayo, pero, en verano, se torna horrorosa. No es sólo por el calor incesante, que sube desde el asfalto y va quemando por doquier, sino también por el éxodo de proporciones bíblicas que éste conlleva. En verano, los urbanitas abandonan el barco como ratas y la Corte, tan bulliciosa siempre, se convierte en algo más parecido al desierto del Sáhara. A ello hay que sumar decenas de modernas que dicen, pues yo me voy a Bari en verano; pues yo, que soy más zorra, a Ibiza; pues yo, que soy más rica, a Menorca; pues yo, que soy más fina, veraneo en Biarritz; pues yo, que soy caritativa cual madre Teresa, me voy a las misiones (por si pillo un buen negraco). Como veis, un infierno.

En fin, menos mal que, en tanto no llegan las vacaciones, todavía me quedan pequeños divertimentos. También me queda gente por compartir estos desiertos días, de lo contrario, a punto estaría de abirme las venas. Y tengo aire acondicionado en el trabajo, ¿de qué me puedo quejar? En fin. He de consolarme pensando que lo mejor de las vacaciones, no son las vacaciones en sí, sino el deseo de que las vacaciones lleguen pronto. Y yo las deseo. Fervientemente.

viernes, 24 de junio de 2011

Tarde de piscina


Cuando voy a la piscina no puedo evitar sentirme dentro de un cuadro de Hockney. Allí estoy yo, tirado en el césped, con mi bañador nuevo, toalla a juego y sombrero de paja. Vamos, color de pelo aparte, un Tadzio redivivo. Delante de mi pasean, con parsimoniosa indiferencia, las sirenas, una corte de muchachos ambiguos, de cuerpos morenos, músculos marcados y escuetos trajes de baño. Todo como salido de un anuncio de Dolce&Gabana. Excesivo y hortera, pero tentador al mismo tiempo.

Y os preguntaréis qué hace un remilgado como yo en un sitio así, la piscina más marica de la capital de nuestro reino. ¿Qué tengo yo que ver con tal desfile de jamelgos? Lo ignoro. Cuando voy a la piscina siempre pienso que mi yo decimonónico y decadente nada tiene que ver con estos chicos fabricados en serie. Guapos, aparentemente alegres y ruidosos. Sin embargo, no puedo dejar de sentirme atraído por ese lugar. No sólo por las evidentes alegrías que aporta a la vista, sino también por mera curiosidad antropológica, extrañeza al constatar que personas tan distintas puedan compartir el mismo tiempo de ocio y el mismo reducido espacio.

De todas maneras, a pesar del placer de una tarde ocio tranquilo y ordenado, cuando regreso a casa siempre me invade cierta melancolía. En el fondo, creo que envidio a toda esa gente hermosa y trivial. Me gustaría ser un poco como ellos, deseado y deseable. Sí, mis queridos lectores, ya lo sabéis, la vanidad es mi peor defecto.