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domingo, 11 de septiembre de 2011

Tom Ford en la Bauhaus

El viernes por la noche, al salir del Teatro Real, la zorra pérfida me preguntó "¿qué tal el ballet?" Yo, emocionado, le contesté, "una mariconada, pero una mariconada hermosísima". Esa fue mi impresión de La Belle, montaje basado en La bella durmiente de Tchaikovsky y presentado en el Real por Les Ballets de Monte-Carlo, institución bajo la presidencia de S.A.R. la princesa de Hanóver, ex S.A.S. Carolina de Mónaco.

La verdad es que no es posible cuestionar la pericia de su alteza real a la hora de presidir cosas. Y es que los casinos y un marido aficionado al frasco dejan mucho tiempo libre... Borracheras a parte, La Belle tiene, en primer lugar, una puesta en escena magnífica, a la par que sencilla. Recuerda a Oskar Schlemmer y su Triadisches Ballet, una de las manifestaciones más curiosas de la Bauhaus. De una forma entrañable, también trae a la mente todos los cuentos que hemos leído de niños. Así es su estética, de cuento.

A lo anterior hay que sumar el trabajo de los bailarines. En especial, el de Jérôme Marchand, la Reina Madre, un maromo de dos metros que se pasa toda la función dando saltos y girando cual peonza. Maravilloso. La bella, como es de esperar, era dulce, aunque no muy inocente. El príncipe, con su dentífrica sonrisa, nos muestra cómo perder aceite puede ser de lo más elegante. Aunque, modestia a parte, elegancia la de un servidor, que, según dijeron, parecía salido del taller de Tom Ford. Tom Ford en un escenario Bauhaus. Sólo el Real permitiría tal pastiche.


La Belle

Música de Piotr Ilich Tchaikovsky
Coreografía y dirección musical de Nicolas Brochot
Escenografía de Jean-Christophe Maillot
Les Ballets de Monte-Carlo

Del 6 al 11 de septiembre en el Teatro Real.

miércoles, 15 de junio de 2011

Higiene mental y empalago emocional


Procuro salir a correr cada día. No sólo por deporte y para mantener la figura, cosa muy necesaria en estos tiempos, sino también por higiene mental. Sí. Con un rato corriendo por el parque, consigo que mi cabeza se vacíe de todo el agobio acumulado durante el día y logro, al fin, razonar con un poco de cordura. En muchas ocasiones, las más, hago balance, pienso qué es bueno y qué lo malo que he hecho en todo el día. Otras veces hago previsión, pienso en qué debería hacerse al día siguiente. Finalmente, en algunas ocasiones, las menos, me dejo ir. Esos días me fijo en alguien, en cualquiera, e imagino quién es, cómo vive, qué inquietudes tiene, qué deseos.

Ayer fue una de esas raras veces en las que se dio la última opción. Como dice la protagonista de Desayuno con diamantes, yo había tenido un día rojo. Una de esas jornadas en las que piensas que mejor hubiese sido no haberse levantado de la cama. A pesar de ello, haciendo acopio de moral, decidí salir a correr por el Retiro. Cuando ya estaba acabando el recorrido, me fijé en dos chicos. Acaban de llegar de patinar. Tendrían veintiuno o veintidos años, ambos muy monos, delgaditos, con media melena oscura, sonrientes. Los dos estaban peleando, pero no con afán de hacerse daño, sino con el deseo de tocarse, de estar juntos. Era una cariñosa lucha entre risas. Más tarde, volviendo yo a casa, los encontré al lado de la boca del metro, alternando sonrisas y besos. Todo edulcoradamente delicioso.

Al rato, comencé a imaginar cómo se habían conocido, cuánto tiempo llevaban juntos y si ya se habían dicho "te quiero" uno al otro. Intenté proyectarme en ellos y, sin poder evitarlo, apareció el gusanillo de la envidia. A mi también me gusta que me digan cosas bonitas, que me besen a la entrada del metro y poder decir que quiero a alguien. Esos dos chicos eran el ideal que cualquier zorra sentimentalista y romanticona quisiera vivir. Eran el ideal que todo buen Fernando podría representar.

lunes, 30 de mayo de 2011

Il trionfo del tempo




Me decía una amiga ayer que es curioso que celebremos los cumpleaños, pues celebramos que nos acercamos más a nuestro final. Es como si festejásemos que la vida se nos va escapando poco a poco. Me decía también ayer alguien especial que nuestra vida es música. Sólo es plena cuando llega a su fin y, cuando acaba, irremediablemente, se desvanece.

...

No volveré a ser joven


Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma, Poemas póstumos, 1968

...



Georg Friedrich Händel, Il trionfo del tempo e del disinganno, "Tu del ciel ministro eletto"

Debora York
Concerto Italiano
Rinaldo Alessandrini

lunes, 11 de abril de 2011

Complejo de Polícrates


Polícrates fue durante el siglo VI a.C. tirano de la isla egea de Samos. Aunque accedió al poder mediante un golpe de Estado, las obras públicas de su gobierno mejoraron ostensiblemente el nivel de vida de su pueblo. Todo ello henchía de felicidad a Polícrates. Sin embargo, al mismo tiempo, le hacía tremendamente infeliz. Temía que los dioses sintiesen envidia de él y le castigasen. En definitiva, Polícrates sentía miedo de su propia felicidad.

Como el tirano griego, quien os escribe siente un poco de temor ante su pequeña primavera. Todo me está saliendo muy bien. En septiembre llegué a la Corte sin nada. Era casi un perdido. Ahora tengo un trabajo estable, unas prácticas estimulantes e ilusionantes, encargos puntuales y, no menos importante, sigo tan delgado como siempre. Se puede decir que soy un poco feliz. A pesar de ello, me inquieta que, tras esta felicidad, pueda esconderse una desgracia que venga a equilibrar la balanza. ¿Qué tengo que perder para que todo siga como siempre?

A pesar de todo, trato de convencerme de que el temor es infundado, de que tal equilibrio es una superstición, de que va a ser siempre como ahora. Inútil. Ya lo dice la sabiduría popular, tan folclórica ella, lo que sube, por fuerza, ha de bajar. A esperar toca...

jueves, 7 de abril de 2011

Exultante barroquismo


Como sabéis todos los que habitualmente prestáis atención a mis desvaríos, uno es una persona muy barroca. Sí, tremendamente barroca. No sólo por mi gusto por todo lo artificioso, sino también porque, con tremenda facilidad, paso de un afecto a otro. Así, la más profunda melancolía, con rapidez pasmosa, puede tornarse en la alegría más exultante.

Últimamente, mis queridos lectores, estoy en la fase de alegría exultante. Hoy me he dado cuenta. Generalmente, el jueves es el día en el que me muero de cansancio y maldigo mi triste suerte. Sin embargo, hoy mientras pedaleaba hacia mi trabajo alimenticio de las tardes, me dije a mi mismo, "Mi pequeño histérico, vuelves a ser tú de nuevo". Desde mi regreso a la Corte en septiembre, no había vuelto a tener esa sensación, esa idea de que la vida va rodando hacia el objetivo marcado. Ahora veo que mi esfuerzo conduce a algún sitio. Ya no estoy perdiendo el tiempo atendiendo esperanzas vanas.

Sin embargo, lo que me hace exultar todavía más es que he conseguido llegar a este sentimiento por mi mismo. Hasta ahora, he buscado que reconozcan mis méritos, que me estimen, que me quieran... En definitiva, ser feliz a través de otros. Ahora, sin Fernando a la vista, puedo decir que estoy a gusto conmigo mismo y sí, soy un poco más feliz. ¿Será el sol, serán los primeros calores? No lo sé, pero ojalá mi pequeña primavera dure para siempre.


viernes, 25 de febrero de 2011

Dos despropósitos y una tarta de Balaguer


Queridos míos, llevo una época en la que no hago más que contaros desgracias. Que si la chacona me hace llorar, que si San Valentín me deprime, que si Fernando me hace esto o aquello. ¿Dónde ha quedado mi yo frívolo? Ahora sólo soy un patético ganso histérico, que hace de este espacio el catálogo de sus graznidos. Sé que debo revelarme contra eso, pero no soy capaz. Hoy he intentado escribir un texto frívolo. He fracasado dos veces. Os explico los intentos. Así podréis hacer escarnio de mi triste persona y maldición de mi escuálido intelecto.

Primero, he intentado hablar de mi afición a las cosas buenas. Sin embargo, la triste casualidad hace que las cosas buenas tengan, por fuerza, que ser caras. De todas formas, una vez que uno prueba una onza de chocolate Valrhona, una galleta de Jules Destrooper o una copa Oporto añejo, no percibe el mundo de los sentidos de la misma manera. Y lo mismo pasa con la ropa, la cosmética, el ocio y un infinito etcétera. En ese bucle es muy fácil entrar, pero harto complicado salir. Es el infierno del buen gusto.

Después del despropósito anterior, he intentado hablar de la primavera. Sí, queridos míos. Febo, montado en su cuádriga generadora de cálido estío, ha decidido posarse sobre la Villa y Corte. Con él, además de mis horteras imágenes mitológicas, han llegado los largos paseos y las animadas conversaciones. También ha llegado la esperanza de que la primavera climática traiga consigo una primavera sentimental. Vamos, que estoy dispuesto a meterme en una nueva cárcel de amor. Cuánto daño me han hecho Diego de San Pedro y la novela sentimental...

Como conclusión, creo que ambos despropósitos tienen algo en común. Y es la búsqueda de algo que compense mi depresión post-universitaria. Después de estos meses tan duros, de pérdidas y desengaños, creo que me merezco algo hermoso a cambio. La hermosura la busco en lo delicioso, pero también en el primaveral calor del cariño. Me he convertido de nuevo en una tarta de crema, pero no en una de pastelería de barrio. No. Señores, están ustedes ante una tarta de Oriol Balaguer. La alta repostería se hizo carne y habita entre nosotros.

martes, 4 de enero de 2011

Ensoñaciones de una tarta de crema revenida


Esta noche he soñado con Fernando. Sí, ha vuelto a pasar. Sonaba el primer movimiento del concierto para violín de Tchaikovsky y todo estaba pintado de azul, como si fuese el cielo de un cuadro de Velázquez. Fernando me besaba, con sus labios carnosos, y todo comenzaba a dar vueltas y más vueltas. Como veis, queridos míos, el sueño fue de folletín, de folletín de los peores. Estoy fatal. No sé qué opinaría el señor Freud de mis ensoñaciones de zorra solterona; ni qué opinaría el señor Mann de mi redundante lenguaje.

He soñado con Fernando y me he despertado y, en despertándome, me he dado cuenta que vale más la pena está dormido. Menos mal que siempre encuentro una salvación eventual. Un desayuno con Cuqui y la zorra pérfida, ambas arrecogidas en mi pequeño convento, devolvió a mi existencia la dosis necesaria de frivolidad. Sin embargo, el remedio es breve, de nuevo solo, no puedo sino continuar pensando en mi Fernando. Sí, otra vez. Me he despertado en el modo tarta de crema revenida. Patético romanticismo.

Total, me he despertado y sigo soñando con Fernando. El problema es que ya estoy harto de los sueños. Empiezo a cansarme de ellos y de mi ser poliédrico, a ratos, la zorra borracha; a ratos, el señorito frívolo, a ratos el perfecto muchacho provinciano y católico... Lo quiero todo a la vez. Quiero dejar de soñar y comenzar a tener; a mi Fernando, éxito personal, diversión, un piso en la calle Castelló... Lo quiero todo. Pero, por encima de todo, quiero volver a escribir textos dignos de ser leídos. Hoy, queridos míos, vuestra tarta de crema os suplica indulgencia. No da para más.