domingo, 23 de enero de 2011

Consejos maquiavélicos


Nicolás Maquiavelo, padre de la teoría política moderna, consideraba a César Borgia el prototipo de príncipe. Todo ello porque, a fuerza de combinar virtud con malas artes, había conseguido gobernar media Italia. Sin embargo también supo dar con el defecto que provocó su caída en desgracia y su triste muerte en el asedio de Viana. Y es que el mayor de los Borgia dependía de un poder ajeno a sí mismo y tremendamente voluble, la Iglesia. Así, la muerte de su padre, el papa Alejandro VI, significó su propia muerte política. Giuliano della Rovere, que odiaba a los Borgia, se convirtió en Julio II y, en unos días, César lo perdió todo. Fama, respeto, fortuna... Se escaparon como nubes impulsadas por el viento.

Si trasplantamos la anterior historia al plano afectivo, obtenemos una valiosa lección. Así como es bueno obtener gloria, poder y privilegios; también lo es conseguir amor, cariño y requiebros. Incluso, para algunos, el asedio de Amor es peor que el cerco a Viana. El problema es cuando no sólo asediamos a Amor, sino que nos damos cuenta que nuestra vida no tiene sentido sin esa lucha. Es entonces cuando dependemos del objeto amado. Luego, inevitablemente, nos pasa lo que a César Borgia; perdemos el asedio y nos matan vilmente en un descampado, despojándonos hasta de la ropa y lo peor, despojándonos de la dignidad.

De todo este embrollo pseudohistórico-literario, podemos sacar que, a pesar de que, como hombres, estamos condenados a vivir en sociedad, es imprescindible conservar nuestra individualidad. Y, sobre todo, evitando el anterior ejemplo, debemos conseguir que nuestra felicidad emane de nosotros mismos y no dependa exclusivamente de circunstancias o voluntades ajenas. Sí, la zorra filosófica dixit.


jueves, 6 de enero de 2011

Habría que pensarlo


- ¿Qué tal estás?
- Estoy triste, Fernando.
- Triste... ¿Por qué?
- Estoy triste porque yo estoy enamorado de ti, tú sigues enamorado de Jacobo y la vida es una mierda.
- Lo sabías desde el principio.¿No es cierto?
- Es cierto; me habías avisado. No estoy enfadado contigo, Fernando, solo conmigo. Yo me he dejado caer y ahora todo ha terminado. Me he estrellado contra el suelo.
- ¿Todo ha terminado?
- Sí. Me he enamorado de ti y ahora estoy sufriendo. Sufro cada vez que te vas por las mañanas, dejando únicamente tu olor en mis sábanas. Me muero de frío.
- Entonces, ¿qué propones? ¿Qué quieres hacer?
- Creo que, por un tiempo, tenemos que dejar de vernos, Fernando. Necesito asumir que no me quieres y convencerme de que solo seremos amigos.
- En otra ocasión, un chico, como tú, me dijo eso. No volví a saber más de él. Y ahora lo mismo contigo ¿Por qué?
- Todo eso pasa porque no somos adultos, Fernando. Somos como niños. Después de jugar, siempre acabamos tirándonos de los pelos.
- Es posible. No lo sé, habría que pensarlo.

martes, 4 de enero de 2011

Ensoñaciones de una tarta de crema revenida


Esta noche he soñado con Fernando. Sí, ha vuelto a pasar. Sonaba el primer movimiento del concierto para violín de Tchaikovsky y todo estaba pintado de azul, como si fuese el cielo de un cuadro de Velázquez. Fernando me besaba, con sus labios carnosos, y todo comenzaba a dar vueltas y más vueltas. Como veis, queridos míos, el sueño fue de folletín, de folletín de los peores. Estoy fatal. No sé qué opinaría el señor Freud de mis ensoñaciones de zorra solterona; ni qué opinaría el señor Mann de mi redundante lenguaje.

He soñado con Fernando y me he despertado y, en despertándome, me he dado cuenta que vale más la pena está dormido. Menos mal que siempre encuentro una salvación eventual. Un desayuno con Cuqui y la zorra pérfida, ambas arrecogidas en mi pequeño convento, devolvió a mi existencia la dosis necesaria de frivolidad. Sin embargo, el remedio es breve, de nuevo solo, no puedo sino continuar pensando en mi Fernando. Sí, otra vez. Me he despertado en el modo tarta de crema revenida. Patético romanticismo.

Total, me he despertado y sigo soñando con Fernando. El problema es que ya estoy harto de los sueños. Empiezo a cansarme de ellos y de mi ser poliédrico, a ratos, la zorra borracha; a ratos, el señorito frívolo, a ratos el perfecto muchacho provinciano y católico... Lo quiero todo a la vez. Quiero dejar de soñar y comenzar a tener; a mi Fernando, éxito personal, diversión, un piso en la calle Castelló... Lo quiero todo. Pero, por encima de todo, quiero volver a escribir textos dignos de ser leídos. Hoy, queridos míos, vuestra tarta de crema os suplica indulgencia. No da para más.

domingo, 12 de diciembre de 2010

El ataque de la zorra borracha


Sí, hijos sí. Ya lo decía Plinio el Viejo antes que uno, "In vino veritas, in aqua sanitas". En otras palabras, el alcohol es enemigo de la mentira y el agua, insípida e incolora, es siempre nuestra mejor aliada. Si no la confundimos con ginebra, claro... Y todo esto os lo confieso ahora, recién levantado, resacoso, tras una borrachera indecente.

No me podía ni imaginar que iba a acabar en ese estado. La tarde había comenzado con flores rojas, chocolate y bizcochos. Siguió con gente, escaparates y lucecitas. Pero, de repente, vi, aterrado a la par que admirado, como las copas de cava sucedían a las de lambrusco y como, al final, todo acababa regado con vodka.

Entonces pasó lo irremediable, apareció la verborrea. Es cierto. Cuando estoy borracho soy menos estirado, pero también soy más irónico, más cínico y, sobre todo, no soy capaz de callar ni debajo del agua. Así, acabo contando intimidades jocosas o tirándole los trastos a uno de mis mejores amigos. ¡Qué indecencia! En fin, menos mal que, al final, siempre se resuelve todo de la misma manera, encuentro un lagarto, lo llevo a un parque y acabo llorando cuando lo tengo que dejar. Sí. Uno puede convertirse en una zorra borracha, pero siempre será una zorra sensible.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Delirios de una zorra mártir


Queridos míos, es inevitable. Ni siquiera los más ilustrados podemos escapar al fango del sentimentalismo. Yo que, de manera tan elegante, había sido la zorra provinciana, la zorra intelectualoide e, incluso, la zorra pérfida, me he convertido en la zorra mártir. Es curioso, a la par que mudable, el divertido mundo de las zorras. Bollos y pastas a parte, soy una hermana de la caridad. Es triste, pero tengo que admitirlo.

Cómo he llegado a este estado, de dulce masoquismo, es algo que todavía no logro comprender. Habré de pensar en ello. Quizá sea que me he tornado vulnerable, débil y tendente a un estúpido optimismo antropológico. Eso ha de ser. Cuánto mal ha hecho Rousseau. No seáis nunca zorras optimistas, hedonistas o estoicas; sed siempre zorras cínicas.

La cuestión que se me planeta ahora es recuperar mi sitio natural en nuestro zorresco ecosistema. Volver a ser quien era, abandonando mi monjil abnegación y tomando las riendas del carro. Probablemente un poco de diversión me ayude. Necesito ser un tanto frívolo. Decididamente, un poco de frivolidad matará a esta triste tarta de crema revenida que soy. El dulce me ha empalagado. Me duele el estómago.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Cosas que son

- ¡Qué triste!
- ¿El qué es tan triste?
- Es triste, Fernando. Ahora te irás. Yo me quedaré aquí, sólo, oliendo la camiseta que te has dejado, mientras doblas la esquina y te pierdes en la ciudad.
- ¿Qué otra cosa podría pasar?
- Es cruel... Las camiseta y las sábanas me huelen a ti. Tengo mucho frío.
- Lo sabías desde el principio. Ambos lo sabíamos. Estábamos avisados.
- Es cierto, me habías avisado. No he podido evitarlo, Fernando. Me he dejado ir.
- ¿Qué podemos hacer? ¿A dónde quieres ir? Tú diriges.
- Es paradójico... En un símil musical, eres tu quien tiene batuta, partitura y me mira desde el podio.
- ¿Qué quieres entonces?
- Es ridículo... Quiero más.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La intermitencia de la moral


El liberalismo clásico, fruto de las mentes de grandes genios como Jean-Jacques Rousseau, John Locke o Adam Smith, parte de que, para lograr un Estado eficaz, las leyes han de ser pocas y comprensibles por todos. Únicamente con un estado pequeño, el individuo podrá ser realmente libre. Como dicen los teóricos, "Laissez faire, laissez passer".

Quien os escribe, al igual que los sabios de la Ilustración, prefiere guiarse por pocas normas. Eso no quiere decir que uno carezca de principios o de moral, sino que es de la opinión de que sólo guiándose por pocos preceptos, logrará cumplirlos todos. Gran falsedad. Y digo gran falsedad porque, en determinadas ocasiones, mis escasas reglas se tornan más pesadas que el Código Civil. ¿Qué hago entonces? ¿Hago una excepción o pierdo la oportunidad?

De momento, teniendo en cuenta que son pocas las oportunidades que se presentan, prefiero hacer una suspensión de la moral y crear mi propio estado de excepción. Al fin y al cabo, mientras no se haga daño a nadie, no hemos de ser siervos de la moral, sino que ésta debe estar a nuestro servicio. Aún así, siempre es terrible, a la par que admirable, ver como nuestros viscerales sentimientos se mezclan con la prístina claridad de nuestras ideas. Aquí es cuando la frase "El corazón ha de ser el mediador entre la mano y el corazón" cobra sentido. Los sentimientos siempre se cuelan en la relación entre la razón y los actos. Triste ménage à trois...