jueves, 17 de febrero de 2011

Dicha en la venganza


- Es curioso...
- ¿Qué es lo que te suscita tanta curiosidad?
- El estado lamentable en el que has acabado, Fernando.
- ¿Lamentable?
- Sí, estás como yo hace tiempo, enamorado, perdido. Es muy gracioso
- Ahora vienes a regocijarte en mi desgracia.
- No, Fernando. Sólo diré que la venganza es algo muy dulce y yo me estoy empalagando.
- Eres cruel.
- Nuestros diálogos se han tornado. No me hagas reír, Fernando. Te están haciendo lo que te mereces. Te están haciendo pasar por lo mismo que me hiciste tú pasar a mi.
- Te hice sufrir...
- Sí, Fernando, me hiciste sufrir. Sin embargo, ver que eres humano, ver que estás sufriendo tu ahora, me hace levitar de puro placer. Ahora sabrás qué es jugar a los amores desiguales.
- ¿Desiguales?
- Desiguales. En los que uno se enamora y el otro se burla. Son muy recomendables para los de tu especie.
- Te burlas.
- No me burlo de vosotros. Después de hacerme reír, acabáis por darme un poco de lástima. De tanto jugar a los títeres, al final, os acabáis enredando con las cuerdas. ¿Podrás tú escapar de los nudos?

lunes, 14 de febrero de 2011

De bombones, rosas y corazoncitos


Todos sabemos que los romanos constituían un pueblo muy especial. Y es que el afán por los banquetes pantagruélicos y el gusto por los espectáculos sangrientos son buenos cimientos para cualquier civilización que se precie. Sin embargo, en muchas ocasiones, sus errores fueron capitales. Y claro, de aquellos polvos han devenido estos lodos.

Uno de los momentos más críticos para la posteridad tuvo lugar el 14 de febrero del año 269. En esa fecha el emperador Claudio II, muy aficionado al comercio, al bebercio y a la engorrosa tarea de matar godos, alamanes y vándalos, decidió dar martirio al monje Valentín. Todo por que el buen hombre había tenido la feliz y conservadora idea de casar a los soldados, desafiando una insignificante orden imperial. Sí, todo muy católicamente decente

Esa transgresión le costó cara a Valentín y ha sido gravosa también para el resto de los mortales. En el siglo V, el monje es canonizado por la Iglesia Católica y, más o menos, desde el siglo XIV, se viene asociando la fiesta de este santo al Amor, sujeto despreciable donde los haya. A partir de entonces, la publicidad nos tortura, dándonos a entender que poco hacemos en este mundo si no tenemos a alguien a quien regalar bombones, rosas o cualquier objeto con forma de corazón. A pesar de ello, quien os escribe, se rebela. Prefiero comerme yo mismo los bombones, deshojar las rosas rojas y rasgar los corazones. Bueno, no. Lo último, no. Engorrosamente sesudo, el imperativo categórico lo impide.

domingo, 13 de febrero de 2011

Omnia vincit tempus



Nos ha vencido el tiempo.
La belleza se ha consumido.
Sólo queda desengaño,
Cruel.

...


Rebecca Bottone
Paul McCresh
Gabrieli Consort & Players



"Pure del Cielo intelligenze eterne,
che vera scuola a ben amare aprite,
udite, angeli, udite il pianto mio,
e se la Verità dal Sole eterno
tragge luce immortale, e a me lo scopre,
fate che al gran desio rispondan l'opre.

Tu del Ciel ministro eletto
non vedrai più nel mio petto
voglia infida, o vano ardor.
E se vissi ingrata a Dio,
tu custode dei cor mio
a lui porto il nuovo cor."

jueves, 10 de febrero de 2011

Chacona



Me persigue, desnuda y trágica.


...


Johann Sebastian Bach, Partita para violín solo nº 2, en re menor, BWV 1004, "chacona".
Nathan Milstein.


domingo, 6 de febrero de 2011

Vanitas vanitatis omnia vanitas


El término vanitas designa una categoría particular dentro del género de bodegón, muy practicado en el norte de Europa durante el siglo XVII. Destacan las obras de los neerlandeses Pieter Claez y Harmen Steenwijck. Si bien, este subgénero fue provechosamente practicado en España, de la mano de Antonio de Pereda o Juan Valdés Leal. En una vanitas los objetos representados aluden a la fugacidad de la vida. Así, son recurrentes los las flores, las frutas o las partituras, que representan lo caduco y lo efímero. Junto a todo ello, la omnipresente calavera, imagen de muerte.

De lo anterior, podemos extraer que el mensaje de la vanitas es que detrás del lujo y los placeres mundanos, siempre ronda el espectro de la muerte. Nos enseña que los hombres nos entretenemos en vanos sentimientos como la autocomplacencia, la soberbia y el afán de medrar. Todo ello, sin saber que el tiempo, inexorablemente, se va escapando poco a poco. La vanitas es, en definitiva, una invitación a disfrutar de lo realmente importante.

Teniendo en cuenta que el mayor defecto de quien os escribe es la vanidad, no deja de resultar edificante la contemplación de estas obras. Poco importan la belleza, el lujo o el placer, si se carece de bondad, inteligencia y moral. Una vida movida por los primeros, tiene como reverso la arena que se va escurriendo por el reloj, poco a poco, y la terrible calavera descarnada. Así, de nada sirve vanagloriarse de uno mismo, si todos vamos a acabar de la misma forma, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.


miércoles, 2 de febrero de 2011

Imperativos kantianos


En su Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), Immanuel Kant intenta construir una ética autónoma, independiente de cualquier sustrato teológico. Una ética basada en la pura razón y, por tanto, universal. Ella descansa en lo que el prusiano llamó imperativo categórico. Éste se basa en tres premisas. La más impresionante es la segunda, "obra de tal modo que trates a la humanidad (...) siempre como un fin y nunca solamente como un medio". Kant quiere decir que los hombres no somos instrumentos, caminos para lograr algo, sino seres autónomos y merecedores de un trato digno.

Cada vez que conozco a alguien nuevo o cambia mi relación con una persona de mi entorno, intento tener presente esa premisa. ¿Lo estaré utilizando contra algo o contra alguien? ¿Intento obtener algún beneficio de él? ¿Le quiero realmente o sólo busco sentirme querido o peor, deseado? Son preguntas fundamentales, aunque, sin hacer un ejercicio de abstracción, difíciles de contestar.

Ante lo anterior, sólo caben dos vías, o respeto el imperativo categórico o no lo hago. En el primer caso, todo es perfecto, estoy obrando bien. Sin embargo, en el segundo, ¿qué he de hacer? ¿He de continuar con mi comportamiento inmoral, con el afán de no hacer daño a esa persona? ¿Debo desvelar mis sentimientos reales y así respetar la norma? Ahora que lo pienso, la respuesta es obvia. Hemos de respetar la dignidad de los demás como único medio de afirmar nuestra propia dignidad. ¡Alabado sea Kant!

Pequeñas crueldades

- No me hablas, no me llamas, no me escribes. No me quieres.
- Estás equivocado, Fernando. Eres tú quien no me quiere.
- Te echo de menos.
- ¿Me echas de menos? No me hagas reír. ¿Por qué me dices esto ahora?
- Porque es la verdad. Y tú también me echas de menos, lo sabes. Añoras mi calor, mis susurros, mis caricias y mis besos.
- Eres cruel.
- ¿Yo cruel? ¿No eres tu el que sale con Sebastián por venganza?
- Aquí no hay ánimo de venganza, Fernando.
- Yo te hice daño y tú, para resarcirte, quieres hacer a otro pedacitos. No puedes hacerlo. El imperativo categórico te lo impide.
- No sé que tiene que ver Kant en todo esto. Yo fui sincero con Sebastián, le dije la verdad desde el principio. Está de acuerdo.
- ¿Y qué te ha dicho? ¿Le compensa a él, como a ti te compensaba estar conmigo?
- Eres cruel de nuevo, Fernando. Déjalo ya.
- ¿Dejarlo? Cuanto más cruel soy, más te enamoras de mi. Eres estúpido.
- Sí, es una desgracia. Soy estúpido. Por eso estoy aquí, dándote la réplica. ¿Cuándo acabará este diálogo?