viernes, 20 de mayo de 2011

À rebours


En su obra La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social (1977), Elisabeth Noelle-Neumann explica por qué, en la época de la comunicación de masas, los individuos deciden expresar o, por el contrario, callar sus pensamientos. Noelle-Neumann pensaba que había dos tipos de opiniones, las estáticas y las cambiantes. Con respecto a las primeras, el individuo puede optar por manifestarse de acuerdo con ellas o permanecer aislado. En tanto a las cambiantes, si el individuo cree que el cambio coincide con sus opiniones personales las expresará. Si no está de acuerdo, optará por permanecer en silencio.

Quien os escribe, como el personaje de Huysmans, prefiere ir a contracorriente y no verse absorvido por la espiral de silencio. Ayer, un buen amigo me decía que no tengo edad para pensar, debo luchar, actuar. Asimismo, me decía que mi razonable y tranquilo individualismo de nada sirve. La fuerza está en la masa. Ésa es ahora la opinión mayoritaria. Y yo me niego a pensar así. Por una parte, antes de actuar, prefiero pensar en cuáles serán las consecuencias de mis actos. No hacerlo, supone convertirse en un ser manipulable o, peor aún, en un salvaje que se mueve únicamente por aquello que le apetece en cada momento. Por otra parte, la palabra masa me retrotrae a los años treinta, apesta a fascismo y comunismo, me parece abobinable. Pertenecer a una masa nos hace perder nuestra individualidad, nuestro propio juicio e, incluso, nos lleva a perder el control. No. No he luchado tanto para ser diferente como acabar ahora perdido en un tumulto.

Con todo esto que acabo de decir, perspicaces vosotros, pensaréis que no estoy de acuerdo con lo que está pasando estos días en Madrid. Erráis. Bueno, erráis en parte. Me parece muy legítimo lo que esa gente pide, oportunidades, regulación, limpieza... Sin embargo, lo que no me parece legítimo es la forma en la que se pide. No se reclama todo esto desde la claridad de las ideas, a través de un razonamiento tranquilo. Se hace desde la suciedad y crudeza de las vísceras. A pesar de ello, se justifica en función de una idea más importante, todo debe cambiar. Estoy de acuerdo. El problema es que, si los cambios no se producen utilizando los cauces del sistema actual, todo cambiará para que todo siga igual. Aún así, me gustaría saber qué pensará de esto Carlos III, tan despóticamente ilustrado. Subido a su caballo, lleva tiempo contemplando espectáculos similares. Habré de preguntarle.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Esperando a Tatiana Dimitrevna


Queridos míos, inaugurando lo que puede ser un ciclo internacional, esta semana me he tornado en una zorra pro-rusa. Sí hijos, sí. Y yo me pregunto qué sabéis vosotros, ilustrados lectores, de la Federación Rusa. Efectivamente. Ese país donde vive gente maravillosa y, en el tema de política, ha habido algunos cambios. Miss Melilla 2011, cráneo privilegiado, dixit. Pues bien, frivolidades a parte, os voy a explicar qué tengo yo con Rusia.

Esta semana he descubierto que me encanta la literatura rusa. Dostoievski siempre me ha gustado, aunque, secretamente, he de decir que lo encuentro un poco gris, un poco pelma. Sin embargo, recientemente, me he encontrado con Tolstói. La lectura de Ana Karenina me esta dejando impresionado. Ojalá pudiese vivir yo un adulterio como ese. Tanto es así, que el volumen de casi medio kilo me acompaña a todas partes. Por las noches, acompañado del Concierto para violin en re mayor de Tchaikovsky, provoca un placer inenarrable. Deliciosamente ruso.

Sin embargo, lo que pone la guinda al pastel, es la inminente llegada a la Corte y a mi pequeño convento de la que podemos llamar Tatiana Dimitrevna, substituta temporal de una de mis compañeras de piso, a quien, cafetera y gas encendidos a parte, adoramos. Dicen que es de fiar, pero ¿quién sabe? Me llaman alarmista, pero yo estoy convencido de que nos va a llenar la casa de horteras cantantes armenios, terroristas chechenos o, peor aún, de camorristas albano-kosovares. Los rusos y su proberbial solidaridad con otros pueblos eslavos... En fin, para cubrirme las espaldas, tendré que acabar por hacerme amigo del señor Putin o devoto del señor Lenin. Sí eso último haré. Al fin y al cabo, el rojo soviético siempre me ha sentado muy bien.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Dionisio contra Apolo


Podría ser en Palermo, en el siglo XII. Roger II se ve arrastrado por un culto nuevo, por un dios desconocido. También podría ser cualquier ciudad actual. Una acomodada pareja burguesa se ve amenazada por una nueva ideología, en la que sexo y drogas son los protagonistas. Esta idea de contemporaneidad es lo que Krzysztof Warlikowski, director de escena del último montaje de la ópera Król Roger, quiere transmitir al público del Teatro Real.

Król Roger fue compuesta por el compositor polaco Karol Szymanowski y estrenada en Varsovia en 1926. El libreto, elaborado por el compositor y su pareja Jaroslaw Iwaszkiewicz, se basa en Las Bacantes de Eurípides y en El nacimiento de la tragedia de Nietzsche, así como en las propias experiencias de Szymanowski en Sicilia y el norte de África. Al igual que en la obra del filósofo alemán, en la ópera aparece constantemente la lucha dialéctica entre equilibrio y desequilibrio, cristianismo y paganismo, Eros y Tánatos, Dionisio y Apolo. Ello provoca en todo momento una gran tensión en la psicología de los personajes, que se expresa en unas melodías que nos recuerdan a Richard Strauss, Stravinsky y Debussy.

Valiéndose de este material, el director de escena, convirtiéndose en autor, superpone una nueva creación. En ella logra agrupar muchas de las manifestaciones artísticas de las últimas décadas. Así nos encontramos con una obra de arte total, donde tiene cabida el teatro, la música, el cine, el videoarte, la danza y la instalación. Warlikowski logra una obra más que provocativa, provocadora, que se burla del conservador teatro alla italiana y se complace en sus abucheos. Una incomprendida y barroca delicia para los sentidos.

Król Roger
Karol Szymanovski (1882-1937)
Dirección musical de Paul Daniel
Dirección escénica de Krzysztof Warlikowsy
Del 25 de abril al 14 de mayo en el Teatro Real.


domingo, 1 de mayo de 2011

Ideas impertinentes


- Sabes que Bach te hace recordarme.
- Sus variaciones me recuerdan a ti y me ayudan a dormir.
- Las Variaciones Goldberg se compusieron en 1741 para ayudar a dormir a un conde.
- Lo sé, Fernando.
- Tú, mi pequeño histérico, no eres un conde. Eres sólo un simple.
- Otra vez... ¿Por qué no te olvidas de mi?
- Creo que deberías invertir la pregunta. ¿Por qué tú no te olvidas de mi?
- Yo intento olvidarme de ti, trabajo en ello todo el tiempo, Fernando.
- ¿Pero?
- Pero apareces todo el rato. Cuando suena Bach, Tchaikovsky o Strauss, ahí estás. Escondido detrás de toda la música que escuchamos juntos, detrás de cada cosa que aprendí de ti.
- Y entonces recuerdas mis caricias, mis abrazos y mis besos. Sí, ya me sé todo ese cuento. Quizá deberías dejar a Bach y todas esas ensoñaciones de zorra sentimentalista. Sin duda harías dormir al conde, eres tedioso.
- Tus caricias fueron cortas, tus abrazos débiles y tus besos fingidos. No hay mucho que recordar. Al fin y al cabo, nunca has existido realmente. Te idealicé, eres sólo el sueño de un idiota, una triste idea.
- Una idea que te atormenta.
- Un tormento de idea, Fernando.

jueves, 28 de abril de 2011

Venganzas y contrastes

Tras un tiempo de intensa sequía intelectual, vuelvo a disfrutar de la cultura. Así, a cada paso, me encuentro películas que me encantan, melodías que me cautivan, espectáculos que me fascinan y libros que me subyugan. Recientemente, me ha atrapado El color prohibido, maravilloso libro escrito por el japonés Yukio Mishima y publicado en 1953.

Al parecer, en japonés la palabra "color" se utiliza también para designar el amor erótico. Sí, el lejano oriente siempre tan metafórico... "Color prohibido", por tanto, aludiría a un erotismo imposible, socialmente inaceptado. Esta idea de imposibilidad planea a lo largo de todo el libro. Sunshuké Hinoki, viejo escritor en la cumbre de su fama, desea vengarse de las mujeres. Su edad y su posición se lo impiden. Para consumar su venganza se vale del joven y bellísimo Yuichi, personaje amoral que acaba por convertirse en una marioneta en manos del escritor. Sin embargo, la belleza del muchacho y el deseo del viejo pronto tornarán en imposible el acuerdo entre ambos.

El planteamiento es sencillo. Sin embargo, el libro acaba por convertirse en un brillante juego de contrastes. Vida pública y vida privada, belleza y fealdad, juventud y vejez, vida y muerte. Todo narrado en un lenguaje aséptico, pero que, a la vez, va desgarrando, uno por uno, a todos los personajes. Y es que, en un libro en el que todos los personajes son culpables, el narrador, frío e impasible, no tiene más remedio que actuar como juez. Juez del delicioso sufrimiento oriental.


Yukio Mishima, El color prohibido
Traducción de Keiko Takahashi y Jordi Fibla
Alianza editorial 2010.

Excéntrico Bach

Me encantan las noches de lectura. Tolstói me apabulla con su torrente de palabras. Glenn Gould, sentado en su silla astrosa, toca el piano y canturrea para mi. ¿Qué más puedo pedir?



Johann Sebastian Bach, Goldberg Variations BWV 988, "Variation 25".
Glenn Gould, versión de 1981.

jueves, 14 de abril de 2011

De violines, cisnes y ballets


El ballet siempre me ha suscitado un aburrimiento mortal. Sólo mujeres frágiles y hombres amanerados dando vueltas y más vueltas sobre sí mismos hasta que cae el telón. Sin embargo, hace unos días, vi Black Swan, película dirigida por Darren Aronofsky y protagonizada por Natalie Portman. Con ella descubrí que, a la fragilidad y amaneramiento de los clásicos ballets rusos, subyace un profundo pathos. Belleza y sufrimiento, el eterno binomio. Y es que la protagonista acaba por sucumbir a la lucha entre Odette, el cisne blanco, y Odile, el cisne negro. Una lucha que acaba por romper las barreras entre realidad y ficción, generando así una obra de arte perfecta y total.

Junto a lo anterior, lo que realmente impresiona de la película es el uso que hace de la música. Tchaikovsky y El lago de los cisnes son dos personajes más o, mejor aún, son el hilo conductor de la historia. Tanto es así que el solo de violín del primer acto del ballet (en el vídeo) me ha venido persiguiendo estos días. Tan lírico, tan agónico, una verdadera tarta de merengue.

Tan impresionado me he quedado que mi interés por Tchaikovsky, compositor al que adoro, se ha redoblado. Antes despreciaba su música escénica, que me parecía vacía y un tanto hortera. Ahora creo que aquella está a la altura de la Patética o del sublime Concierto para violín. Además, lo más loable es que me han entrado ganas de comprar entradas para el ballet, ver vídeos de ballet, fotos de ballet, leer sobre ballet... Creo que, en breve, mi amaneramiento y yo vamos a comenzar a dar vueltas sobre nosotros mismos. Hasta que caiga el telón.